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En 2001, el mundo no había cumplido las expectativas de la ciencia ficción: no existían colonias habitadas en Marte, los transbordadores espaciales no llevaban turistas al espacio y no había rastro de monolitos extraterrestres. El futuro se estaba haciendo esperar.

Los cambios introducidos por la tecnología a través de Internet convirtieron los temores milenaristas en el anuncio de un colapso mundial cuando sonara la última campanada de la medianoche del 31 de diciembre de 1999. Pero el efecto 2000 que apagaría todos los ordenadores del mundo precipitando aviones en vuelo sobre la tierra y disparando los misiles nucleares desde sus silos por un error de código nunca se produjo. Las distopías de Blade Runner tampoco parecían al alcance de la mano. Aunque 2000 fue el año en que se firmaron algunas mastodónticas fusiones empresariales y engordaron gigantes multinacionales como Vodafone, Pfizer o Deutsche Bank, Tyrrell Corporation aún no existía, y los replicantes sólo eran muñecos bidimensionales recién llegados bajo el nombre de Sims.

La realidad era que el mundo se estaba partiendo en dos de una forma silenciosa. Liquidados los bloques de la guerra fría, y aunque el mapa seguía dividido entre países ricos y pobres, la frontera que se estaba dibujando era tan transparente como insalvable. Occidente ya no se asomaba a un telón de acero sobre el este de Europa, sino a una herida reabierta en Oriente Medio. George W. Bush se proclamaba vencedor de las elecciones presidenciales en Estados Unidos tras un conflictivo recuento de votos derrotando al demócrata Al Gore que, descabalgado de su aspiración presidencial, experimentó una conversión mística en líder ecologista. Bush encarnaba todas las connotaciones negativas que la izquierda, americana y europea, había proyectado sobre la Casa Blanca: tejano ultraconservador, el perfil de cowboy tosco de Reagan parecía haber encontrado un nuevo intérprete. Tal vez Bush hubiera pasado a la Historia como otro presidente de integridad republicana, proteccionista y ultraliberal al mismo tiempo. Sin embargo, su mandato iba a verse condicionado por otros acontecimientos.

Todos recordamos el 11 de septiembre de 2001. De una forma siniestra, el 11 de septiembre se convirtió en el relevo del 20 de julio de 1969, cuando todo el mundo vio a Neil Armstrong poner el pie en la luna y tomar posesión de ella en nombre de la Humanidad. Ese recuerdo cósmico, irreal y vagamente humanista, quedó fijado en una generación de habitantes del planeta que habían sido invitados a presenciar un hito aparentemente hermoso en el mismo momento en que –delay espacial aparte- se producía.

El 11-S fue una especie de reverso siniestro de la llegada a la Luna. Repentino, brutal, el impacto del segundo avión lanzado contra el World Trade Center de Nueva York y la explosión de la torre norte fue un instante televisado para todo el mundo. Una nueva generación de habitantes del planeta había sido convocada como espectadora, aunque esta vez la invitación era terrible: casi nadie presenció la colisión del primer avión contra la torre sur, pero todas las cadenas del mundo sirvieron las imágenes del rascacielos en llamas y las mantuvieron en la confusión del qué está pasando cuando el segundo boing 747 de American Airlines cruzó la pantalla y se deshizo en una bola de fuego. A partir de ahí, el caos: personas saltando al vacío para escapar de las llamas, el colapso de las dos torres deshaciéndose sobre el suelo. La erección de cemento del World Trade Center se transformó de golpe en la zona cero, la escombrera del imperio.

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En 2001, Radiohead publicaban Kid A afrontando una reconversión. Su anterior disco O.K. Computer (1997) había sido un éxito convencional con canciones estructuradas, estribillos, singles (Karma Police, No Surprises) y concesiones accesorias a la excentricidad, cuidadosamente producido y bien vendido. La música de Radiohead en O.K. Computer podía ser interpretada como una banda sonora para la vida en la treintena de una generación occidental urbana y moderna, los encargados de estrenar siglo. Sus canciones recrean un vago espíritu pesimista, un retrato de las frustraciones y limitaciones personales de los beneficiarios de la industrialización y la tecnología, los muy informados usuarios de redes de comunicaciones en un mundo en el que el bienestar material comenzaba a revelar los huecos de un malestar individual silencioso.

Thom Yorke disfrutaba de un estatus de estrella diseñado para los tiempos modernos: retraído y concienciado, hablaba de la globalización y citaba a Naomi Klein. Sin embargo, ese discurso de desconfianza hacia las compañías multinacionales y el fenómeno de la deslocalización tampoco incorporaba una visión realmente global: el desmantelamiento de plantas de producción en el primer mundo preocupaba a norteamericanos y europeos más que la realidad de los países a los que se trasladaban. Cierto que las maquiladoras de novísima creación en el sudeste de Asia o Latinoamérica proyectaban imágenes incómodas de niños atados a máquinas de coser, haciendo que las condiciones laborales y vitales de miles de personas parecieran regresar a los tiempos del esclavismo. Sin embargo, la percepción occidental del problema todavía no alcanzaba a advertir qué consecuencias tendrían para esos países en su conjunto, y cómo terminarían por afectarnos más allá de una cuenta de resultados. Ni Thom Yorke ni ninguno de los artistas que secundaban esta crítica inspiraban, en realidad, mucho más que campañas de ingenuo boicot -apenas secundadas- contra las marcas.

Kid A supone un paso en otra dirección. En lo formal, el disco parece rehuir la búsqueda de canciones convencionales, de piezas aceptables para las emisoras de radio. La primera extraída como single, Idiotheque, es una letanía sostenida por un ritmo gélido bajo el que circulan sonidos extraños (en su mayor parte, tomados de la composición Short Piece de Arthur Kreiger), y en la que Yorke lanza mensajes de alarma sobre una edad de hielo que se avecina urgiendo a ponerse a salvo en un búnker. En Idiotheque ya no hay muestras contenidas de insatisfacción sino imágenes amenazantes que, por el momento, parecían exageradas. 

Todas las exageraciones se quedaron pequeñas el 11 de septiembre. La idea de un ataque terrorista en Estados Unidos tal vez no lo fuera, y ni siquiera la del corazón de Nueva York como objetivo (las torres gemelas ya sufrieron un atentado en 1993). Pero un golpe de la magnitud del que se produjo ese día no entraba en ninguna previsión, por catastrofista que fuera. El búnker se abría.

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En Kid A también está The National Anthem. La canción arranca con un ritmo sostenido de bajo al que se adhiere la percusión; es una base sólida, el reflejo de una seguridad solo aparente que se ve pronto asaltada por un eco indefinido y borroso como una nube. El ritmo regresa y la voz de Thom Yorke entra en un falsete lastimero: todo el mundo alrededor, todo el mundo alrededor está muy cerca. La canción se ha vuelto tensa en un momento, la seguridad ahora es un presagio, algo va a suceder.

A las ocho de la mañana del 11 de septiembre, el vuelo número 11 de American Airlines con destino a Los Angeles despegaba del aeropuerto internacional de Logan (Boston), cargado con cerca de 90.000 litros de combustible para cruzar Estados Unidos. Entre las 92 personas del pasaje, cinco hombres que habían logrado eludir los controles de seguridad introduciendo navajas en el aparato. Apenas en el aire, los cinco se levantaron de sus asientos y atacaron a las azafatas abriéndose paso hacia la cabina. Piloto y copiloto fueron reducidos y obligados a abandonarla, dejando su lugar a un egipcio de 33 años llamado Mohammed Atta. Atta tomó los mandos y desvió el avión de su ruta mientras sus compañeros amenazaban a los pasajeros. Los controladores aéreos tardaron en advertir la situación, y solo se alarmaron al dejar de recibir comunicación con el aparato. La compañía American Airlines recibió una llamada desde el propio avión; un auxiliar de vuelo escondido confirmó que la pesadilla iba a comenzar. Era un secuestro.

Catorce minutos más tarde, el vuelo 175 de American Airlines despegaba desde el mismo aeropuerto de Boston también con destino a Los Angeles, un gran Boeing 767 que apenas transportaba 9 tripulantes y 56 pasajeros. Entre ellos, Marwan al-Shehhi y otros cuatro hombres que repitieron el mismo ataque que acababa de producirse en el vuelo 11. Al-Shehhi, igual que Atta, había obtenido la licencia de piloto comercial en Florida. Y como Atta, tomó el control del avión haciéndolo virar en el aire.

Todo el mundo alrededor está muy cerca. Todos los pasajeros retenidos en sus asientos, algunos heridos al forcejear con los secuestradores. Los dos aviones cruzan el cielo apartándose del rumbo suroeste y la canción avanza desdibujándose, sumando ecos y reverberaciones que van dando forma a una tormenta. Los aparatos comienzan a perder altura, desde las cabinas se puede ver la costa y, a lo lejos, una mancha extensa que es Nueva York. Entra un saxo ronco dibujando una melodía entrecortada, los aviones hunden el morro y van aumentando su velocidad, el saxo se desdobla y abre paso a trompetas chirriantes, la canción ya es una nube atravesada por reactores en la que el ritmo inicial se ha visto sobrepasado. Yorke dice que todo el mundo tiene miedo con una voz aguda que es un quejido. Ahí abajo el miedo está a punto de desatarse.

Es un día soleado de finales de verano. Hay turistas por todas partes, tráfico, el estruendo de un día normal. Y de pronto, hay un avión de línea atravesando la ciudad, sobrevolando los rascacielos tan raso que casi puede tocarse. Todo el mundo escucha una explosión y ve el World Trade Center en llamas. Nadie se explica qué ha sucedido, las primeras noticias que se dan dicen que ha podido tratarse de una avioneta. Las cadenas de televisión cortan su programación y en unos minutos todo el mundo está viendo las imágenes tomadas desde un helicóptero que rodea las torres. De una de ellas brota una columna de fuego.

El estupor sigue tensándose, ya no hay canción sino ruido, el orden rítmico está escondido entre zumbidos y chillos de viento, no va a recuperarse. Otro avión aparece en pantalla y se estrella contra la torre norte, se desvanece en una explosión. Es solo un instante pero es suficiente para que todos sepamos que no es un accidente. Crescendo, millones de personas quietas ante sus televisores, escuchando voces en cientos de idiomas que repiten las mismas palabras. También hay un tercer avión, incluso oímos hablar de otro más. Alguien informa de que se ve una columna de humo en el Pentágono. El nuevo orden mundial acaba de saltar en pedazos.

La canción se ha perdido, los músicos ya no pueden guiarla y dejan que el ruido siga solo, que se consuma igual que el fuego consume las torres hasta partirlas y dejarlas caer provocando dos inmensas olas de polvo que barren la ciudad y nos dejan ciegos. Cuando el polvo se disipe, solo veremos el esqueleto de los edificios hecho añicos, los huesos de cemento carbonizados, las montañas de escombros y cristales y cadáveres. El saxo ha engullido a los demás instrumentos y se apaga con una nota grave. Tras él, amortiguados, los últimos acordes de un himno nacional.

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Un pensamiento en “TRECE SURCOS # 4 : THE NATIONAL ANTHEM (RADIOHEAD, 2001)

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