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Los 120 días de Sodoma es una obra de Donatien Alphonse François de Sade, escrita en el año 1875 durante su estancia en la prisión de La Bastilla. Novela inacabada, Sade solo completó una cuarta parte de su proyecto (las otras tres de que debía componerse están apenas redactadas como esquema). La escribió en 37 días en su celda, y allí se perdió su rastro hasta finales del siglo XIX. El manuscrito original está formado por hojas de papel encoladas entre sí, un rollo de 12 metros de largo escrito por ambas caras en letra diminuta.

El argumento de la obra es, en realidad, mínimo: cuatro libertinos (un juez, un banquero, un noble y un obispo) deciden encerrarse en un castillo apartado para gozar durante 120 días de todas las perversiones que sean capaces de concebir. Los acompañan sus esposas, cada una hija de otro de los libertinos (todos, incluso el obispo, están emparentados) y un séquito que incluye a prostitutas veteranas, siervos folladores, cocineras y criadas. Junto a ellos, un harén de 16 adolescentes de ambos sexos que serán sus esclavos y víctimas hasta el final.

Los libertinos diseñan un sofisticado programa de actividades que incluye comidas y cenas pantagruélicas con manjares y vinos de lujo, pero que tiene su razón de ser en las orgías constantes que celebran, precedidas de historias narradas por las viejas prostitutas sobre sus experiencias más sórdidas. Tras cada narración, los libertinos se emplean en revivir las escenas que acaban de escuchar tanto con sus esposas como con sus víctimas, cruzando unas con otras en todas las formas posibles.

Los 120 días de Sodoma es una obra en la que lo racional y lo irracional se mezclan violentamente: Sade formula todo tipo de permutaciones y combinaciones de cada uno de los personajes con el resto, y construye un complicado catálogo de aberraciones dividido en ciclos de 150 piezas que van desde las perversiones sin penetración (las 150 pasiones simples o de primera clase) hasta la violencia (las pasiones complejas, criminales y mortales). Las narraciones de las prostitutas se inician con historias simplemente pornográficas para ir entrando poco a poco en crudas desviaciones… salvo la zoofilia (que tiene poca relevancia en la obra), todo lo imaginable empieza a desfilar ante los ojos; incesto, pederastia, escatología, necrofilia y -cómo no- los grados más intensos de sadismo.

Los 120 días de Sodoma es posiblemente la más completa exposición de las obsesiones de Sade, aunque también de su filosofía. Fue la obra preferida de los surrealistas, que decidieron rehabilitar al marqués atribuyéndole méritos como revolucionario y precursor de su amor por épater le bourgeois creando un arte molesto y libérrimo. También es la que ha tenido mayor repercusión, gracias a la adaptación cinematográfica que dirigió Pier Paolo Pasolini en 1975.

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Pasolini, fin de fiesta con velas y pegotes de maquillaje

Desde esta visión moderna de Sade, en Los 120 días puede detectarse la crítica sociopolítica mezclada con la simple perversión; cuatro representantes de los estamentos prerrevolucionarios (la Iglesia, la banca, la nobleza y la judicatura) gobiernan una bacanal excesiva en la que ellos, los poderosos, disponen a placer del cuerpo e incluso la vida de quienes están por debajo. Abusan, agreden, vejan, violan, torturan y matan sin el menor remordimiento y sin temer ninguna represalia, pues la única Ley que impera en el castillo es la que ellos dictan. Se recrean en abolir todo principio ético o moral, en ridiculizarlos mostrando su cinismo (la capilla del castillo es transformada en letrina) y sustituirlos por su pura voluntad… expresan groseramente su odio a toda virtud, su desdén por cualquier idea de justicia. No se trata solo de apurar sus placeres sin límites, sino de disfrutarlos mediante la crueldad. La estancia en el castillo terminará en violencia y sangre cruzando la última frontera del libertinaje: el asesinato. En la película de Pasolini, esta dimensión queda fijada en la frase pronunciada por uno de los libertinos (transformados en grotescos jerifaltes fascistas de los últimos días del miniestado de Salò): nosotros, los fascistas, somos los verdaderos anarquistas. Esta es una tesis que Pasolini había expuesto varias veces y que parece encajar en la obra de Sade: el ejercicio del poder como verdadero nihilismo, en la medida en que tiende inevitablemente al atropello y a convertirse en la simple voluntad del poderoso sobre los demás.

Sin embargo, este enfoque político de Sade es demasiado frágil. Cuesta aceptarlo como el protoanarquista que a veces se pretende; las barbaridades que pone en boca de sus libertinos suenan demasiado pasionales para aceptar que escondan denuncias en lugar de proyecciones de su fantasía. Sade se aplica con placer y detalle a describir las decenas de perversiones narradas en su libro, se recrea elevando página a página el tono de sordidez, imaginando aberraciones cada vez más brutales, y lo hace tanto con el deseo de asquear como con una poco disimulada excitación. La misma excitación se detecta en los pasajes en que la religión es señalada como la peor de las lacras y la crueldad se abate, por ejemplo, sobre una niña que ha sido sorprendida rezando y que será brutalmente abusada y castigada por ello. De este modo, si Sade fuera solo un denunciante político, habría que admitir que está asociando la religión a la inocencia de las víctimas o exponiendo por lo menos la injusticia de que sean castigadas por profesarla. En realidad, basta leer casi cualquier obra suya para llegar a la conclusión opuesta: Sade detestaba la religión con todas sus tripas, de modo que su pasión está más bien del lado de quien castiga. Su biografía y su acreditada conducta depravada nos dicen lo mismo.

Volviendo a la adaptación de Pasolini, en ella hay otro episodio que sirve para demostrar que a Sade se le puede dar una lectura política si uno se empeña, independientemente de que tenga sentido: los libertinos-fascistas de la película obligan a sus víctimas -como en la novela- a comer excrementos que ellos mismos también degustan. Pasolini defendía que ese festín de mierda era una crítica a la proliferación de restaurantes de comida rápida por influencia norteamericana, una muestra de negocio irresponsable en el que la alimentación de baja calidad se impone sin pensar en sus consecuencias sobre la salud de las personas. Es obvio que en los tiempos de Sade no existían los McDonald’s y esa crítica sería absurda pero, guiados por Pasolini, podríamos convenir en que acaso Sade también estaba criticando el injusto reparto de la riqueza y el hambre que pasaba gran parte de la población francesa en 1785, obligada a comer las sobras. Si queremos, así será.

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Los alegres libertinos multiusos

El peligro de esta reivindicación de Sade es que lleva a algo bastante ilógico: encarcelado por escandalizar y atentar contra la moral, Sade sería una especie de preso político del absolutismo amnistiado por la Revolución que lo sacó del calabozo. Y si esto fuera así, Sade podría entonces volver de la tumba como héroe popular para, tal vez, intentar publicar alguna obra. Quisiera ver la cara del primer editor que recibiera un manuscrito repleto de pedofilia y abusos a menores, violaciones, mutilaciones, flagelaciones, torturas y violenta misoginia. Quisiera ver las reacciones del democrático público de hoy. Quisiera ver quién iba a ser el primero en pedir su cabeza, en amenazarle por teléfono, en exigir la retirada de sus libros o la quema pública de ejemplares. Quisiera ver quién iba a ser el primero en azuzar a la Fiscalía para que tomara cartas en el asunto. Quisiera ver, en fin, cuánto iba a tardar Sade en volver a una celda como la que le alojaba cuando escribió Los 120 días de Sodoma.

(la ilustración de portada pertenece a la edición de “Los 120 Días de Sodoma” traducida por la Baronesa de Convit e ilustrada por Miguel Ángel Martín)

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