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John Cale I

Los mayas habían anunciado el fin del mundo para 2012. John Cusack protagonizó ese año una olvidable película sobre la profecía en la que el planeta colapsaba bajo olas enormes, aunque la realidad fuera menos catastrófica y en sus doce meses solamente el huracán Sandy mostrara la furia de la Naturaleza a su paso por el Caribe, dejando 209 muertos y desvaneciéndose en Canadá. 2012 se empleó más en otro tipo de dramas: la brutal crisis económica se ensañaba con Grecia, Guinea Bissau, Yemen y Mali sufrían golpes de estado, Siria se desgarraba en una salvaje guerra civil que aún continúa, Irak ardía por los cuatro costados y Corea del Norte fracasaba en su intento de sumarse a la carrera espacial lanzando un satélite de observación que explotó en el aire. Mientras tanto, la Reina de Inglaterra celebraba sesenta años en el trono con su jubileo de diamante y Venus cruzaba por delante del sol vagabundeando como un pequeño globo negro.

Abajo, en la tierra, los padres de Adam Lanza acababan de divorciarse. Adam convivía con su madre Nancy en una casa de Newtown, en el Estado de Conneticut. Era una casa grande y blanca en un prado, con dos alturas y un amplio desván, un camino de baldosas y árboles a su alrededor. En el garaje acumulaba polvo un BMW también grande y blanco.
Su padre Peter y su hermano mayor Ryan se habían mudado a Nueva Jersey. Adam apenas mantenía relación con ellos. En realidad, Adam apenas mantenía relación con nadie. Pasaba los días conectado a internet, encerrado en la penumbra de una habitación cuyas ventanas había tapado con bolsas negras de basura. Nancy, enferma, recibía una pensión de Peter y no trabajaba ni salía de la casa, pasaba horas adormecida ante la televisión. También se sentaba a veces en la cocina para limpiar su colección de armas. Decenas de armas.
Adam había sido diagnosticado de Asperger en 2005. Nunca aceptó que padecía una enfermedad. No seguía tratamientos, no tomaba medicación. Sola tras el divorcio, Nancy se había dado por vencida y no insistía. Ni siquiera ella podía entenderse con Adam: solo se comunicaban mediante correos electrónicos, mensajes que volaban de un ordenador portátil a un teléfono dentro de la misma casa. Sin hablar.

En 2012 John Cale cumplía setenta años. Setenta años son muchos años, es la década crítica en la que iba a morir Lou Reed, la que Bowie ni siquiera llegaría a alcanzar. Pero en 2012 a Reed aún le quedaba un año de vida, Bowie preparaba un nuevo disco y Cale había acabado de grabar otro, el decimoquinto de su carrera. Se titulaba Shifty Adventures in Nookie Wood y había trabajado en él durante meses en su propio estudio de Los Angeles. Era el primero que editaba en siete años. Shifty Adventures in Nookie Wood contenía 12 canciones: algunas muy logradas (Scotland Yard, Hemingway, Vampire Cafe…), pero ninguna como la que abría el disco. Se titula I wanna talk 2 U y Cale la compuso de la mano de Brian Burton, el músico apodado Danger Mouse que había mezclado a Jay-Z con los Beatles y producido discos para Gorillaz, Black Keys o Beck. Burton y Cale no podían tener menos cosas en común, pero juntos dieron un aire enigmático a todo el disco y lograron una pieza fascinante que arranca con un simple rasgueo de guitarra y se abre como una puerta que comunica con una gran habitación vacía. La voz de Cale entra hinchándose de ecos, se apoya en una firme base rítmica y alcanza un estribillo lastimero y emocionante. Son tres minutos y medio en los que Cale invoca a un interlocutor que no aparece, a alguien con quien necesita hablar y que solo devuelve silencio.

John Cale II

Muchos kilómetros al este de Los Angeles, Adam Lanza casi nunca sabía si era de noche o de día. A oscuras en su habitación, pasaba el tiempo jugando online a Call of Duty con la cara casi pegada al monitor. Adam saltaba desde helicópteros al teatro de operaciones y se movía entre las ruinas vaciando cargadores. Solo cuando le vencía el sueño soltaba el mando de su consola y se dejaba caer en la cama. Al despertar, los casquillos seguían allí y la misión continuaba.
Llevaba meses sin pisar la calle, pero a principios de diciembre decidió tomar un coche y hacer un viaje hasta Danbury, un pueblo cercano a Newtown. Quería un fusil. Su casa estaba llena de armas, pero él quería una propia. Entró en una tienda de artículos deportivos y paseó entre las estanterías hasta que llegó a la armería. Escogió una escopeta ligera de caza y fue al mostrador. Adam tuvo que regresar a casa con las manos vacías; comprar el arma con su edad requería demasiado papeleo, una verificación de antecedentes, una espera de semanas. Él no disponía de tanto tiempo.

En I wanna talk 2 U, John Cale pasea por una ciudad inexplicablemente vacía. A oscuras, escucha un susurro que reconoce. El resto de la canción es una carrera persiguiendo la sombra de una conversación imposible. Hay mucho que decir pero no hay nadie para escucharlo, y ni siquiera parece que tenga ya sentido intentarlo; el mismo diálogo termina pareciendo algo extraño e inútil, las palabras son sonidos muertos que han perdido todo su significado. El silencio es lo que queda. 
En el mundo que rodeaba a Cale las palabras habían cambiado de forma. Un porcentaje cada vez más alto de la población utilizaba la tecnología portátil de manera constante: la venta mundial de teléfonos móviles en 2012 alcanzó 1.750 millones de unidades, una cifra astronómica que, no obstante, era un 1,7% menor que la del año anterior. Samsung y Apple continuaban dominando el mercado mundial de móviles con ventas de 385 millones y 120 millones respectivamente, de los que más de la mitad eran teléfonos inteligentes. El iPhone 5, el iPhone 4S y el Samsung Galaxy S3 fueron, en ese orden, los tres más vendidos. La empresa china Huawei se situó en tercer lugar con una venta de 27,2 millones de unidades. Las ventas de móviles inteligentes registraron una marca histórica en el último trimestre de 2012, en el que se vendieron 207,7 millones de aparatos. En las tripas de la mayoría de esos teléfonos los usuarios instalaron aplicaciones para comunicarse. Y la comunicación que preferían era la que ofrecían los servicios de mensajería instantánea o las redes sociales.
En 2012, Facebook alcanzó casi un billón de usuarios activos, con un promedio de 130 amigos por persona. Más de 200 millones de sus visitas diarias provenían de teléfonos celulares. Los miembros de Facebook visitaban su perfil una media de 40 veces al mes, y permanecían conectados al menos 23:20 minutos en cada visita. Twitter tenía más de 127 millones de miembros activos; al menos el 13% de los usuarios totales de internet lo empleaba, y más de la mitad de ellos lo hacía desde un teléfono, con una media diaria de conexión de 11:50 minutos.
El último día del año, Whatsapp anunció que había alcanzado la cantidad de 18.000 millones de mensajes en 24 horas, superando su récord previo de 10.000 millones obtenido en el mes de agosto. Todo el mundo hablaba pulsando botones en una pantalla táctil, abreviando palabras hasta lo irreconocible, juntando frases en bocadillos que se apilaban en una viñeta sin personajes. Todo el mundo hablaba sin necesidad de mirarse a la cara o escuchar la voz de su interlocutor. Porque el interlocutor era bidimensional y ya no hacía falta. Hablar se había vuelto algo más bien silencioso.
I wanna talk 2 U contiene la misma contradicción. Una canción simple, una melodía sostenida que resulta raramente emotiva flotando sobre unos arreglos milimétricos, sobre una nube de ritmo electrónico en acordes sencillos y constantes. La voz de Cale desdoblada en una suave reverberación que subraya la idea de palabras lanzadas en un espacio en el que no hay nadie más. Parte de la música son máquinas que consiguen recrear algo rítmico y cálido. Y otra parte es una guitarra y una garganta que dejan una corriente de frío. Debería ser al revés pero la parte humana de las cosas, en 2012, se estaba volviendo algo prescindible.

Adam Lanza

Adam Lanza habló por última vez con su madre el 14 de diciembre de 2012. En esta ocasión lo hicieron cara a cara. No puedo imaginar qué se dijeron. Es muy difícil imaginar qué puede decirle un chico desquiciado de 20 años a su madre antes de dispararle a quemarropa.
El de Nancy Lanza, sin embargo, sería el último cadáver que la policía iba a descubrir. Porque al de Nancy Lanza no llegarían hasta después de levantar otros 27 cuerpos. Entre ellos el del propio Adam.
Adam Lanza salió de su casa y se dirigió a Newtown. Llegó hasta la puerta de la escuela primaria Sandy Hook, en el centro del pueblo. Vestía un uniforme militar de color negro y un chaleco antibalas, llevaba al hombro una gruesa bolsa de deportes. En la bolsa había una pistola SIG Sauer de 9 milímetros, otra pistola Glock de 10 milímetros y un rifle Bushmaster AR-15 calibre 223. Adam también llevaba consigo cargadores con capacidad para 30 balas y, en un bolsillo de su pantalón, la antigua identificación escolar de su hermano Ryan.
Adam Lanza irrumpió en la escuela disparando su rifle. Las detonaciones hicieron salir de su despacho a la directora y a una psicóloga infantil. Las dos fueron abatidas en el pasillo de entrada. Adam se dirigió entonces a las aulas del primer piso. Y allí abrió fuego contra niños de siete años. Mató a 19. Dos profesoras y dos asistentes fueron también acribillados.
La policía recibió la primera llamada de socorro a las nueve y treinta y cinco minutos de la mañana. A las nueve y treinta y nueve minutos un agente llegó hasta las inmediaciones de la escuela, seguido por un coche patrulla. Todos los policías advirtieron ráfagas de fuego en el interior hasta que, a las nueve y cuarenta minutos, cesaron. Adam Lanza se había suicidado en un lavabo, apenas cinco minutos después de hacer el primer disparo.

Flowers, candles and stuffed animals at a makeshift memorial in Newtown, Conn., the week after 20 children and 6 adults were killed at Sandy Hook Elementary School.

Newtown se llenó de unidades móviles, cámaras y periodistas. La puerta de la escuela Sandy Hook se cubrió de ramos de flores, ositos de peluche, fotografías de los niños asesinados. El mismo día de la masacre, el presidente Barack Obama dio un discurso televisado que tuvo que interrumpir dos veces con lágrimas en los ojos. Obama ordenó que las banderas ondearan a media asta en la Casa Blanca y en todas las embajadas norteamericanas como muestra de duelo. Dan Malloy, Gobernador del Estado de Conneticut, se unió por la noche a una vigilia de oración ante la iglesia del pueblo. Antes de iniciar su rezo, Malloy sentenció que el Mal había visitado Newtown.

El de Sandy Hook fue el tiroteo con más víctimas mortales en una escuela, y el segundo más mortífero cometido por una sola persona en la historia de Estados Unidos. Adam Lanza superó a los tiradores de Columbine, de los que guardaba vídeos y recortes de prensa en su habitación. La policía no pudo conseguir mucha más información sobre ese mal que había visitado Newtown: su ordenador estaba inutilizado, su madre muerta.

Todas las personas interrogadas en los días siguientes a la masacre coincidieron en describir a Adam Lanza como un chico retraído, nervioso, poco sociable. Y sobre todo, como alguien silencioso.

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