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El doctor Robert Laing es un hombre educado y elegante que acaba de mudarse a un rascacielos en las afueras de Londres. No se trata de un edificio normal, su arquitecto Anthony Royal lo ha diseñado como una comunidad autosuficiente dotada con todas las utilidades necesarias para la vida: supermercado, restaurante, piscina, sistema de recogida de residuos e incluso un colegio para los hijos de los residentes. Royal vive en la inmensa azotea ajardinada, aplicado a la proyección de todo un complejo residencial del que el rascacielos solo es una parte, ideando un nuevo concepto utópico de vida urbana.

Todo en el rascacielos parece perfecto, pero Laing pronto detecta que ese entorno hipertecnificado estimula de algún modo los instintos más primitivos de sus habitantes. La promiscuidad sexual de algunos residentes, en la que Laing se ve involucrado apenas llegar a su nueva casa, lleva a sospechar que la providente atención a todas las necesidades materiales puede desencadenar una reacción impredecible en los vecinos.

Los problemas comienzan con pequeños fallos eléctricos, cortes de corriente que bloquean los ascensores. Un simple detalle frente al que los vecinos reaccionan de forma agresiva, perturbados en una vida hasta ese momento cómoda que se ha complicado de golpe. Desabastecimiento en el supermercado, peleas… Laing se mantiene al margen, goza del favor del arquitecto, se le permite el acceso a la azotea donde continúa con su proyecto y es testigo de las lujosas excentricidades de su camarilla, sus fiestas y sus excesos ajenos a cualquier preocupación y al malestar que se incuba en los pisos inferiores.

Pero ese malestar se agranda. Estimulados por un belicoso vecino llamado Wilder, los enfrentamientos empiezan a alertar a los habitantes de los pisos superiores hasta que la violencia se apodera del edificio en forma de un motín en el que los residentes se enfrentan con brutalidad: se acumulan las basuras, se termina la comida, la convivencia civilizada desaparece sustituida por el primitivismo y la ferocidad animal. Laing ya no puede apartarse de ese terremoto que sacude hasta el último muro del rascacielos.

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Esta, simplificada, es la sinopsis de High Rise, una novela de James Ballard llevada al cine por el director inglés Ben Wheatley. La película está protagonizada por el refinado Tom Hiddleston, un Jeremy Irons que se interpreta magníficamente a sí mismo y el excesivo Luke Evans.

High Rise se plantea como un flashback que arranca en el momento en que el rascacielos se ha convertido ya en una caverna destartalada en que los vecinos se matan o se follan sin control. Hiddleston sigue vistiendo su traje caro aunque sucio y deshecho, cocinándose una pata de perro para comer entre los escombros de su apartamento. Rememora su llegada al edificio y todo lo sucedido desde entonces, hasta que la película finaliza en el mismo punto en que arrancó.

Todo parece construido para ilustrar alguna clase de fábula sobre el capitalismo, un pretexto muy socorrido que llena los huecos y aporta las explicaciones suficientes. Wheatley se apunta a esta tesis colocando una voz en off de Margaret Thatcher en la escena final, un discurso captado por radio en el que la Primera Ministra afirma que solo existe un sistema económico -el capitalismo- y que el socialismo no es más que un capitalismo de estado en el que el poder anula la libertad de las personas convirtiéndolas en cosas reemplazables. Ahí se añaden unos títulos de crédito con música de The Fall (Industrial Estate) y todo encaja. El resto de la película puede ser visto tranquilamente como una representación de la lucha de clases o la crónica de una revuelta social que enfrenta a los de (los pisos de) abajo contra los de (los pisos de) arriba, por usar el léxico de moda que sale en vuestra televisión. Y también funciona, claro: el exquisito y visionario arquitecto Royal vive en una enorme terraza a pleno sol en la que hay jardines e incluso un caballo, todo es blanco y pulcro frente a la oscuridad que se va apoderando de los pisos inferiores. Laing es el recién llegado que recibe una invitación de Royal para visitarlo en su paraíso, lo que implica un ascenso y una aceptación ante el poderoso dueño de todo. Sin embargo, esa aceptación solo es parcial; cuando Laing intenta entrar en el ático por su cuenta tropieza con una fiesta de disfraces de época a la que no ha sido invitado y de la que es violentamente expulsado. En ambos momentos cobra valor simbólico el ascensor, como el medio que lleva de abajo a arriba y al que Laing debe volver por la fuerza para descender de nuevo. Por eso es también significativo que los primeros brotes de descontento se produzcan cuando la corriente se corta y los ascensores, esos instrumentos de promoción social, dejan de funcionar. Si seguimos por este camino convendremos en que la avería no solo bloquea a los vecinos de los pisos inferiores en su presumible aspiración por ascender, sino que hace mucho mayores las distancias que los separan de los privilegiados de los pisos superiores. Sí, no hay duda: esto va de lucha de clases.

Y sin embargo, creo que esta es solo una explicación superficial. Porque en High Rise no hay ninguna verdadera revolución. En el rascacielos vive gente privilegiada y gente que lo es menos, pero no existe ninguna clase trabajadora; salvo un infeliz encargado de mantenimiento o las cajeras del supermercado (Stacey Martin sigue siendo tan maravillosa como en Nymphomaniac, aunque tenga unos pocos segundos de pantalla), allí nadie trabaja. De hecho esa es la premisa que más me inquieta de High Rise como parábola: no se trata del descontento de los que trabajan frente a los que se aprovechan de ese trabajo, sino del hecho de que todos viven en un entorno tan avanzado que no deben esforzarse por nada. Cierto que tienen sus ocupaciones en el exterior, pero si Royal y su corte son técnicamente ricos, Laing es médico y el revoltoso Wilder un periodista televisivo sin problemas económicos. Digamos que son escalas distintas de privilegio y que el empobrecimiento que acecha no es ni mucho menos material.

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High Rise es una distopía, pero no una distopía estrictamente política. Cuando el caos inunda el edificio los habitantes se vuelcan sobre sus instintos más básicos y se aíslan voluntariamente en el rascacielos. Ya no van a trabajar, ya no salen a buscar nada aunque los recursos escaseen. Tampoco piden ayuda ni reclaman la intervención de ningún poder externo que, de todos modos, no parece estar muy interesado en nada de lo que pase ahí dentro. Se trata del retrato de una regresión a lo animal, de una destrucción de todas las condiciones cívicas que permiten la organización social y con ella la propia existencia de ese rascacielos. Se trata de un estado de trance carnívoro que florece en el sitio menos indicado, en el escenario que -se supone- había logrado dejarlo más atrás. La organización hiperracional de la vida en sociedad diseñada por Royal, poniendo toda la técnica al servicio de las personas como un déspota ilustrado, termina siendo el caldo de cultivo para que la irracionalidad se haga con los mandos. Nadie sube las escaleras con cuchillos de cocina para ajusticiar a los privilegiados y sustituir su orden egoísta por otro más equitativo, ellos se desintegran al mismo ritmo que los demás y terminan devorando al caballo blanco que trotaba por la azotea. Cada apartamento es ahora una cueva y cada habitante un troglodita violento, un depredador cruel que mata y celebra orgías sin final entre basuras. Ya no hay orden de ninguna clase, ya no hay clase de ninguna clase, solo una cruda y sincera barbarie. Por eso Ballard es tan brillante.

La película de Wheatley, en cambio, no lo es. Se construye sobre el fusilamiento estético de Kubrick (sobre todo de La Naranja Mecánica), un cierto desmadre a concienzuda imitación de Terry Gilliam, un innecesario recurso a lo críptico que remite al Godard de Weekend (aunque sin el humor que a veces -y solo a veces- tenía Godard) y guiños a alguna otra película del cine político europeo de los 70, como Themroc de Claude Faraldo. Con estas herramientas Wheatley construye un edificio torcido al que le faltan pisos y le sobran atajos, un rascacielos que apenas levanta un palmo del suelo en el que Hiddleston hace la estatua, Irons parece estar ensayando ante el espejo y Evans se pasa cuatro pueblos haciendo el bruto, comiendo comida de perro y gruñendo bajo una mesa. Sienna Miller y Elisabeth Moss mantienen algo mejor el tipo en papeles (demasiado) cortos.

La banda sonora de Clint Mansell (Pop will eat Itself, por si a alguien le interesa) también guiña a Kubrick, mientras Wheatley aporta un popurrí de canciones underground con Can, Amon Düül, D.A.F. y una oscura versión de S.O.S. de Abba a cargo de Portishead.

Y todos contentos.

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