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Francisco Casavella publicó la primera entrega de su trilogía “El día del watusi” en 2002. Se tituló “Los juegos feroces” y sigue siendo, de largo, la mejor de las tres novelas que completan el ciclo sobre “los cómos, los porqués, los para qués y los y qués” de la transición española que el Watusi, según palabras del propio autor, pretende representar. La del Watusi es una historia que se extiende desde los suburbios de Montjuïc a principios de los años 70 hasta la Barcelona olímpica, en dos décadas a lo largo de las que el protagonista de la obra, Fernando Atienza, pasa de ser un niño involuntariamente mezclado en un ajuste de cuentas que lo marcará de por vida a una especie de exiliado interior amenazado por intrigas que le llueven de unas altas esferas tan sucias como la barriada en la que todo comenzó.

Atienza es un perdedor inevitable, testigo de muertes que se convierten en mitos, correveidile de una pandilla de banqueros corruptos que planean saltar a la política para preservar sus privilegios, confidente de un oscuro manipulador del que no se sabe si es un espía o un criminal (más bien ambas cosas) y prófugo de sí mismo a lo largo de las casi 900 páginas que suman las tres obras. Por esas páginas desfilan macarras, policías vendidos, respetables puteros de misa dominical y chequera, anarquistas traicionados, pijos arruinados por la heroína, lumis de lujo y todas las especies raras de la fauna suburbana… La muerte de Franco, el ascenso de UCD, el extraño asalto al Banco Central, el jolgorio narcótico de los años ochenta, el felipismo y el pujolismo, Samaranch anunciando Barcelona como sede de las Olimpiadas, cada hito de la España democrática le alcanza a Fernando Atienza de una u otra manera precipitando acontecimientos en los que la mugre y el fango de un país sin memoria ni vergüenza se amontonan en una suma de despropósitos.

Sin embargo, nada de lo que cuenta Casavella en sus novelas tiene el brillo del suceso fundacional de la obra: la muerte del Watusi, un matón de los barrios bajos barceloneses, el 15 de agosto de 1971. Una venganza que resulta no ser tal, un muerto que acaso no es ese muerto sino otro y la odisea de dos mocosos corriendo por las esquinas más hostiles de la ciudad para avisar al Watusi de que lo andan buscando. No hay nada en las obras de Casavella que iguale la emoción y la siniestra profundidad de ese relato sobre veinticuatro horas que condensan todas las fuerzas que van a chocar, una y otra vez, durante los años que esperan en adelante. Nada tan tremendo como ese cuerpo que flota en las aguas del puerto con una cazadora de cuero en la que se ve cosida una gran W, la misma letra que aparecerá cientos de veces pintada en muros de toda Barcelona o reencarnada en mensajes cifrados, en matrículas de coche, en logotipos de partidos políticos.

El 15 de agosto es el día del Watusi, el buscavidas que bailaba una canción de Ray Barretto, el fantasma de Barcelona.

El día del Watusi” ha sido reeditada a principios de 2016 por la editorial Anagrama en un único volumen, ocho años después del fallecimiento de Francisco Casavella.

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