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Leonard Cohen reaccionó al Nobel de Literatura concedido la semana pasada a Bob Dylan diciendo que era “como ponerle una medalla al Everest por ser la montaña más alta”. Al otro lado del océano, el novelista Irvine Welsh se desmelenaba en Twitter censurando el premio como “una muestra de nostalgia enfermiza salida de las rancias próstatas de una panda de farfullantes hippies seniles”. En las redes sociales, ese carnaval al que acudimos todos a ahorrarnos pasta en psicólogos, la colisión entre fans de Dylan y detractores del premio ha dejado momentos realmente gloriosos. Y en la prensa internacional, The Guardian ha rizado el rizo publicando un artículo en el que el periodista Tim Stanley proclama que la sociedad que otorga a Dylan el Nobel de Literatura es la misma sociedad que nomina a Trump como candidato a la presidencia de Estados Unidos… Bien, parece que ya estamos todos.

Dejando de lado la elegancia de Cohen (esperad… ¿no es un poco absurdo condecorar a una montaña?… ¿qué intentas decirnos, Leo?) y la bilis de Welsh, el hecho es que Dylan ha ganado el Premio Nobel de literatura. Dylan no escribe libros, tan solo ha publicado dos en su vida: un escaso primer volumen de memorias y una recopilación de prosa poética editada hace ya 45 años. Ninguno de los dos es brillante, incluso el volumen de memorias es directamente flojo. Pero Dylan escribe canciones, y son esas canciones -o más bien sus letras- lo que la Academia Sueca ha valorado como una obra literaria excepcional. La fórmula empleada para justificar el premio distingue a Dylan por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción, lo que no deja de ser una declaración académica pensada para grabar en mármol. De todos modos, podemos aceptar que Dylan haya poetizado la tradición americana de la canción, que su logro haya sido cantar como Woody Guthrie lo hubiera hecho si hubiera leído a Rimbaud. Dylan siempre ha hablado mucho de Rimbaud (también de Dylan Thomas, del que tomó su nombre artístico), ha confesado que leerlo le volvió la cabeza del revés. Y cuando un poeta vuelve la cabeza de un músico del revés no solo son las letras las que se transforman, sino también la propia música. Porque en la música popular ambas están unidas como gemelos siameses que comparten órganos vitales; ninguna puede sobrevivir realmente sin la otra. Creo que el folk americano ya tenía su propia expresión poética, popular y singular, antes de Dylan. Creo que hay cientos de letras en el folk (pero también en el blues) que resultan rotundamente poéticas, y que constituyen la mejor crónica de un mundo ya desaparecido. Ahí es donde encuentro el sentido de su aportación: Dylan es el final de ese mundo y el testimonio de otro nuevo que acababa de ocupar su lugar, el telón que cayó sobre las granjas de Oklahoma y se levantó ante los cafés de Greenwich Village. Ni a Guthrie ni a su público les hubiera interesado Rimbaud, porque Rimbaud no hablaba su idioma.

No sé si habéis visto “A propósito de Llewyn Davis”, una película de Joel y Ethan Coen que cuenta las desventuras de un mediocre cantautor folk en el Nueva York de principios de los años 60. Es una historia tierna y más bien triste sobre un pobre diablo que trata de ganarse la vida tocando la guitarra sin recibir mucho más que palos a cambio. Al final, Llewyn Davis se resigna a malvivir comiendo caliente cada tres días mientras, en el escenario del mismo club en el que le escuchábamos cantar al principio de la película, aparece una figura borrosa con el pelo revuelto. Es Dylan. Y esa aparición de Dylan significa que Davis ya no tiene nada que hacer, que hay algo nuevo que está a años luz aunque formalmente sea (aún) parecido. Davis sigue cantando lánguidas baladas rurales y, de pronto, aparece un tipo que saca inspiración de lo que le rodea como quien se saca porquería de debajo de las uñas. Tan sencillo y tan difícil; Dylan llega a las tripas hablando de lo que todos saben sin pronunciar una sola palabra reconocible, cambiando los términos de una denuncia sobre la crueldad en el mundo por los de un poema cargado de imágenes terribles (en una de sus mejores letras, “A hard rain is a-gonna fall”) que multiplica el impacto. Leonard Cohen haría lo mismo con un lenguaje en el que el enigma se cambia por metáforas más sencillas (como en “Everybody knows”), porque Cohen busca cómplices mientras Dylan, en realidad, no busca a nadie más que a sí mismo. A lo mejor ese es el precio de crear una nueva expresión poética.

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Yo no he visto nunca a Dylan como un escritor. Para mí un escritor, al menos uno bueno, es un loco que se embarca a solas en la creación del mundo (de este mismo o de otro) y fabrica seres humanos de papel. No hablo de recortes de papel con forma de persona, hablo de personas con entrañas de papel, de algo vivo que no existe pero que es tan real como cualquier otra cosa que pueda entrarte por los ojos. Tampoco lo he visto exactamente como un poeta; para mí un poeta es alguien que maneja el mismo material que un escritor en mucha menos cantidad y con la capacidad añadida de mezclar lo real con lo irreal. Dylan es un músico, y lo que menos entiendo es por qué el hecho de que haya recibido un Nobel debería valorarse como un reconocimiento oficial de la música popular como arte mayúsculo. Porque -y esto sigue siendo mi opinión- la música popular no lo necesita. La música popular es ritmo, letra y melodía en tres minutos la dosis (tal vez más, si tocabas en los 70). No es poesía ni novela. Es algo distinto, algo que ha existido siempre y que desde mediados del siglo pasado ha llegado a alcanzar, gracias a la tecnología y a la industria del entretenimiento, un espacio infinitamente mayor del que ocupaba hasta entonces, una sobredimensión que no ha disfrutado la literatura, desplazada precisamente por esos mismos medios. La música popular no mejora porque los músicos lean a Rimbaud; Jim Morrison lo leía y sus letras son un batiburrillo simbolista sin pies ni cabeza, aunque por eso mismo también son perfectas para una canción pop. La música popular no empeora porque los músicos renuncien a ser cultos o comprometidos, eso solo interesa a los críticos musicales con delirios de grandeza. Mi conclusión es que la música popular emociona o no emociona, y que si no emociona no vale para nada… ni siquiera para el compromiso. 

Ahora podemos tomarnos un respiro para pensar en toda la música instrumental. Si no hay de dónde sacar valor literario en el jazz, qué clase de expresión musical es esa que los académicos suecos no pueden premiar de ninguna manera… Lástima, Miles Davis, lástima, John Coltrane, haber compuesto un soneto. No podéis entrar al club, no tenéis expresión poética propia. 

Si digo que no veo a Dylan como un poeta es por eso; sinceramente pienso que las letras de Dylan no son tan enormes que puedan vivir separadas de su música; Dylan nunca habría ganado el Nobel si no hubiera grabado discos y solo hubiera publicado esas letras como poemas. Tal vez hubiera sido un poeta apreciable, pero no uno realmente grande. Y destacar el valor literario de sus letras haciéndolas acreedoras de un Nobel me parece que es partir en dos lo que Dylan ha creado, extraer algo cuyo verdadero sentido es estar sumergido en la música y pretender que puede respirar perfectamente fuera del agua. Por supuesto, habrá quien piense lo contrario, pero yo creo que no puede. Dylan no es Neruda aunque le hayan dado el mismo premio. Dylan tampoco es Ginsberg, que en el vídeo de “Subterranean Homesick Blues” aparecía a su vera y que lo admiraba. Digámoslo también: Dylan no es el primero que hace letras de calidad para canciones pop. Presumir que todo el mundo decía tonterías hasta que él llegó es algo simplemente absurdo.

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Seguro que hay miles de personas que han escuchado a Dylan en su adolescencia. Seguro que una buena parte de ellas han escuchado también a sus mayores -y aquí podéis sustituir mayores por cualquier figura que encarne alguna clase de autoridad, especialmente artística- decir que eso era ruido. En el caso de Dylan, además habrán oído cómo se desvalora su voz (Dylan, directamente, no tiene voz) o la escasez melódica de muchas de sus canciones. Bien, el sentido de Dylan y de la música popular en la que entró en los años 60 también era ese: cerrar la puerta y sentir un pequeño “que te jodan, este ruido me encanta”. Elegir ese ruido y encontrarle sentido como un lenguaje, uno propio y distinto de todo lo que se supone elevado, capaz de sostener un mundo estético o, si queréis, ético e incluso político con un código independiente de las nociones dominantes del buen gusto que no tienes por qué compartir porque no son tuyas. Y si eso es así, no entiendo la defensa kamikaze del premio para Dylan cuando alguien lo objeta. No entiendo que parezca un ultraje decir que esa bendición oficial no le corresponde cuando lo que hay detrás de la puerta ya no son los mayores diciendo que bajes el volumen de esa mierda sino esos mismos mayores alabándola y, por eso mismo, haciéndola ahora suya. ¿Qué sentido tiene, si de pronto es algo tan elevado, tan acorde con toda la cultura oficial, con todos los signos académicos convencionales, con todo aquello de lo que se separaba voluntariamente? ¿Es que ya ha dejado de ser algo independiente de todas esas convenciones?… ¿O caso nunca lo fue? Si vamos a aceptarlo así, entonces Dylan ha caído definitivamente; hay cientos de artistas cuyo ruido te seguirían pidiendo que bajaras de volumen mientras él acaba de abandonar el grupo con una mención honorífica certificando que nunca perteneció a él.

Dos de los candidatos al Nobel de este año, Philip Roth y Don DeLillo, tienen a Dylan presente en algunas de sus obras, aunque sea de forma indirecta. En Pastoral Americana de Roth (cuya adaptación al cine ha dirigido Ewan McGregor este mismo año), la hija del protagonista se afilia a un oscuro grupo terrorista underground en el que puede reconocerse a los Weathermen, una banda antisistema responsable de varios atentados con explosivos que tomaba su nombre de un verso de “Subterranean Homesick Blues”. Toda la novela gira en torno a la brecha social y política que partió Estados Unidos en los años 60, el contexto cultural genuino de su música. Por su parte, DeLillo le dedicó toda una novela titulada La calle Great Jones, en la que un rockero deprimido trata de escapar a su fama y a las absurdas demandas de un grupo radical para que los lidere ideológicamente recluyéndose en su casa y repitiendo como un mantra una enigmática palabra: “pipimomo”… no es difícil adivinar que se trata de una recreación de la época en que Dylan decidió aislarse huyendo del ruido para grabar Basement Tapes. Tanto Roth como DeLillo me parecen verdaderos escritores, grandes novelistas de un valor literario superior al de Dylan. Pero lo que sucede es que en realidad la comparación es inútil; Dylan está dentro de esas obras como lo está en el trasfondo de otras muchas… no tiene sentido diseccionarlo, sacarle el espinazo literario y pretender que esos huesos anden solos. No se hicieron para eso. Dylan no los hizo para eso.

Supongo que los defensores a ultranza del premio podrían rebatirme agitando en el aire sus volúmenes de letras subrayados. Porque asumo que todos tienen uno al menos (yo mismo tengo uno en casa), y que se lo saben de memoria. Que me hablen de lo maravillosa que les parece su música o de lo genial del personaje no me sirve si el argumento no es literario. Porque lo que se ha premiado es eso, aunque la realidad es que también es lo que menos se ha discutido; se asume que Dylan es literatura de altos vuelos y eso basta, porque el ídolo lo merece todo. Si es la mejor defensa (o amas a Dylan o eres un resentido elitista al que le molesta verlo entrar en el Olimpo de la Literatura), solo puedo concluir que por fin he encontrado una legión de fans más infantil que la de U2… Y entonces creo que Dylan se merece más el Nobel que tener defensores tan pobres.

Los hippies farfullantes de la Academia han querido condecorar a una montaña que no admite medallas y que ni siquiera les coge el teléfono. El único resultado es que han metido a Dylan en un tarro de formol. Y que algunos fans parecen empeñados en sellar la tapa. 

Pero ahora imaginad que Dylan va a Estocolmo, recoge el premio y toma el micrófono para decir solo una palabra: pipimomo. Sería formidable. 

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