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Confieso que sentía una cierta prevención ante este libro; el revisionismo de los años 70 y la sacrosanta Transición hace ya tiempo que se ha instalado como una tendencia de moda en los medios y en la política, con el régimen del 78 y los gobiernos del malévolo PSOE como diana preferida. Se diría que lo que toca es revelar que todo lo sucedido en España desde la muerte de Franco hasta anteayer ha sido una monumental farsa, que vivimos en una especie de Matrix programado por el general Mola, allá por el 36, con una calculadora y una estilográfica. 

Si los Pactos de la Moncloa, la Constitución o el 23-F fueron solo actos demostrados de esa comedia, era cuestión de tiempo que la Movida resultara también pasto del análisis desmitificador. En su magna obra “Indies, hípsters y gafapastas”, el jesuítico Víctor Lenore ya nos advertía de la alta traición cultural que representó la Movida, un contubernio de señoritos que no cantaban sobre los problemas sociales y preferían hacerlo sobre botes de detergente, en una vergonzosa actitud de complicidad con el capitalismo, Falange, la peste bubónica y el Club Bilderberg. Puestos así en alerta, podíamos temer que “La Movida modernosa: crónica de una imbecilidad política” fuera la estocada final a un teatrillo cultural creado exclusivamente para sofocar cualquier disidencia, impedir la revolución y -de paso- el Nobel a Paco Ibáñez en favor del aburguesado Dylan.

La portada del libro también lo sugiere: Felipe González (nuestro Darth Vader) sonríe con una estrella pintada en el rostro, respaldado por un texto de contracubierta en el que se nos anuncia que la Movida, al fin, va a ser desenmascarada. Tierno Galván, Alaska, Almodóvar… todos van a recibir su merecido. Les van a rapar la cabeza y a pasearlos por Malasaña entre abucheos y gritos de “colaboracionista”. Sí, a Tierno también, qué coño. Si vas a hacer justicia no te puedes andar con escrúpulos.

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José Luis Moreno-Ruiz, sin embargo, no es un plumilla como Lenore. Tiene siete novelas publicadas y unos cinco libros de relatos. Es traductor de autores como Conrad, London, Melville o Stevenson. Ha grabado dos discos con Javier Corcobado y ha sido durante años locutor de Radio 3. Su perfil, en fin, no cuadra con esa promoción sensacionalista de La Felguera, editorial responsable del artefacto. Hay que vender, eso está claro.

El libro arranca con un prólogo de Miguel Sánchez-Ostiz, que es un señor al que yo siempre me imagino vestido con una túnica, meneando un cencerro y anunciando el apocalipsis. Está muy bien porque deja claro que a él nunca le engañaron y además usa la palabra albondigón dos veces. Con eso ya has amortizado un par de euros del precio. Hay otro breve texto de Javier Corcobado en el que se limita a rememorar aquellos años defendiendo que lo suyo sí que era rupturista. Y mirad, ahí tiene razón, aunque tampoco pinte mucho en relación con el resto del libro.

Entramos en materia. Las primeras páginas son una diatriba furibunda llena de comas y guiones y paréntesis y digresiones muy locas sobre Irán (las hay igual de piradas sobre Jean Genet, sobre el fotógrafo americano John Annerino y sobre lo conveniente que sería sodomizar a los lectores de Mishima) entre las que irrumpen de pronto tres semblanzas de Felipe González, José María Aznar y… Lauren Postigo (no preguntéis: sale Lauren Postigo, eso es todo). La de Felipe es rarísima porque mezcla a los GAL con José Sazatornil en un mismo párrafo. La de Aznar resulta peliaguda porque gira en torno a una idea muy inquietante sobre sodomizar querubines. Luego aparece Almodóvar y se lleva la del pulpo a bocajarro.

Seamos sinceros: el libro de Moreno-Ruiz no tiene pies ni cabeza. No satisface las expectativas de soflama crítica contra la Movida más allá de la repetición de dos ideas escasamente desarrolladas: que todo fue un montaje propiciado por el PSOE para colonizar la vida cultural española postfranquista falsificando una imagen de modernidad que resultara exportable y que los implicados eran una panda de pijos incompetentes atiborrados de subvenciones. Sin embargo, a medida que pasas las páginas, va emergiendo una sensación al principio algo culpable y luego ya inevitable: lo estás pasando bien. Moreno-Ruiz reparte obleas a diestro y siniestro, pero es más explícito (y mejor) cuando deja que las anécdotas hablen por él: hilarante el pasaje en que relata cómo una corrida de toros promovida por la revista La Luna de Madrid -en la que colaboraba- se fue al traste cuando un par de cretinos modernos sugirieron que los diestros deberían faenar vestidos de Ágata Ruiz de la Prada, monumental su crónica de una fiesta de la misma revista en el hotel Palace y estupendo el retrato del ambiente de trabajo en Radio 3, las peleas por eludir el control (léase censura) de los contenidos que se radiaban y las osadías de algunos locutores… La Movida modernosa es un ajuste de cuentas privado, una revisión a mala cara de personajes y personajillos que llevaban décadas en una lista negra (lo de Almodóvar es casi obsesivo, como también los palos al difunto Bernardo Bonezzi) y que han terminado en una picota divertidísima pero nula como crónica de aquellos años o de lo que quiera que se moviese en ellos.

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Moreno-Ruiz se pasa por el arco de triunfo cualquier corrección: Almodóvar es fundamentalmente un marica histérico y sobrevalorado, Jaime Urrutia un facha engreído, Alaska una trepa, Eduardo Haro Ibars un niñobien borrachuzo, Ouka Lele una farsante… La lista sigue sin ahorrar bravatas -abiertamente homófobas- y multitud de giros que ahora llamaríamos cipotudos, destilando misoginia como postre (no hay ni una sola mujer en este relato que no sea retratada como estúpida o medio puta) y lanzando cuchillos contra todo lo que se menea sin necesidad de afinar la puntería. Con los dedos de una mano se puede contar la gente que se salva de la quema: Jesús Ordovás, NazarioFabio McNamara es perdonado in extremis por simpático, y con él creo que ya no me dejo a nadie.

En cierto modo es una lástima: cuando el autor ataca algunos episodios de la Movida los clava (el repentino fervor taurino de algunos movideros, su paupérrima rehabilitación de lo flamenco, la irrupción del palabro posmoderno), pero no parece que su interés concuerde mucho con lo que la promoción del libro pretende hacernos creer que contiene, sino con un divertimento muy particular y bilioso que a él le basta. Un examen algo más elaborado de la cosa hubiera sido de agradecer, aunque tampoco pasa nada por evitarnos otra retahíla de tópicos sobre el compromiso político o la crudeza urbana de fulano frente a la frivolidad de mengano, algo que ya es todo un subgénero y que, en 20 años, sin duda merecerá un libro como el de Moreno-Ruiz.

Espero estar ahí para leerlo.

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