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La vida cotidiana del dibujante underground” no es una novedad (apareció, editado por Anagrama, el pasado mes de junio), pero servidor no tiene tanto dinero como para ir comentando novedades a medida que se publican, así que solo puedo hacerlo cuando las leo… aunque eso sea al cabo de unos meses.

Mirad, de adolescente me encantaban los cómics. Hasta los 13 años (y os hablo de los añorados ochentas), me comía las historietas de Jabato y el Capitán Trueno. Ahora eso suena muy rancio, pero la realidad es que en aquellos tiempos había cómics españoles que los chavales leían, dibujados y guionizados en Barcelona y no en Nueva York. Tal vez por eso nunca entré del todo en el mundo de los superhéroes; soy de una generación en la que todavía Bruguera estaba por encima de Marvel. Pero hubo un cambio brusco: a mediados de los ochenta aparecieron un montón de revistas de cómic underground, artístico, adulto o como queráis llamarlo en los kioskos, y todas eran españolas. Así que pasé sin anestesia del Santiago y cierra España a las burradas de Makoki… llegué a tener una pequeña colección de números de Cairo o Cimoc entre la que se colaron algunos ejemplares de El Víbora. Toda esa colección terminó en la basura el día en que mis padres consideraron que allí había demasiadas barbaridades para un adolescente, algo que puede pareceros muy carca pero que en realidad significa que mis padres fueron unos adelantados a su época. Creo que esto podré explicarlo después.

La primera historieta de Nazario que leí se titulaba “Pata de cordero a la sepulvedana”. No recuerdo gran cosa salvo que me fascinaron los colores que usaba y lo extraño de un cómic que seguía una receta de cocina para desplegar un rotundo erotismo gay en sus viñetas. Nazario dibujaba pollas como anacondas y hombrachos peludos y corpulentos follando como demonios, mezclándose con transexuales voluptuosos en historias disparatadas. Con mis revistas en la basura, tardé años en reencontrarme con su trabajo (recopilado en Mujeres Raras) y, al tropezarme otra vez con él, las cosas encajaron mucho mejor: desde la portada que Lou Reed le robó para su disco “Take no prisoners” hasta las influencias que ahora podía reconocer de Tom of Finland, Nazario se me apareció como la virgen underground que era, un creador libre hasta el límite, provocador, exquisito, guarro e inclasificable.

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Si me preguntáis ahora, os diré que Nazario me parece el mejor dibujante del cómic underground español, aunque eso sea tanto como decir que es el mejor de una época de la que nadie se acuerda. También es un buen escritor, y no solo de historietas: la “vida cotidiana del dibujante underground” de que quería hablaros es un libro de memorias que recoge su vida desde que llegó a Barcelona a mediados de los años 70 hasta los olímpicos 90. Confieso que andaba buscando mandanga documental sobre la Barcelona de la Transición, las Jornadas Libertarias del 77 y el ambiente contracultural de la única ciudad española que parecía tenerlo en esa época. Sin embargo, Nazario no dedica tantas páginas a esa crónica como a construir un relato más privado y del todo impúdico sobre su vida sexual.

En realidad no cabía esperar otra cosa de él: Nazario folla, folla mucho y folla por todas partes. Nazario confiesa que las drogas nunca le atrajeron y que el alcohol lo tuvo que dejar, pero que del sexo no se desenganchará jamás. Nazario repasa los cuerpos de decenas de novios, ligues y amantes, evoca las pollas y las manos y las bocas de los hombres que se ha encontrado a lo largo de su vida. Y en realidad es a través de ellos que va hilando su trabajo, sus dibujos y sus aventuras contraculturales. Es como la primera vez que lo leí: una pata de cordero que no es una pata de cordero sino un polvo, unas memorias que en realidad son una colección de recuerdos de camas y calles y chulos de Barcelona… pero no en un texto frívolo: Nazario ha enterrado a muchos amigos por culpa del SIDA, ha esquivado jeringuillas, ha recibido porrazos policiales y se ha encontrado en un calabozo con un vestido de encaje, y todo eso también ocupa un lugar en las páginas del libro. Hay fiesta, hay apuros, arte, música y mucho sexo. Hay una vida frenética con derrapes, tragedia y tinta. Se lee con placer porque es un libro sobre el placer más grande que existe: estar vivo y ser libre caiga quien caiga. Lo radical, de pronto, se ha vuelto pedagógico.

Por eso terminas de leer esta “vida cotidiana…” y te asalta la duda de si Nazario hubiera podido ganarse la vida hoy, si ese montón de revistas underground en las que escribían y dibujaban los autores que fueron sus amigos y compañeros hubieran llegado a sobrevivir en 2016. No me refiero tanto a la viabilidad comercial (internet lo jodió todo, los dibujantes hoy son ilustradores y nosotros mucho más tontos en general) sino al contenido. Porque en las páginas de El Víbora había historietas realmente salvajes que hoy no verían la luz ni por casualidad, personajes tan incorrectos que provocarían infartos a izquierda y derecha, sátiras tan brutas que no habría almacenes suficientes para alojar los secuestros judiciales de las tiradas… Hemos perdido la capacidad de asombrarnos en manos de una tonelada de prejuicios. Porque somos unos malditos puritanos. Y Nazario, un héroe.

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