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Mirad, he dejado Facebook. Os puede parecer una tontería pero lo digo con la ansiedad con la que anuncias que has dejado de fumar. Ayer cerré mi perfil. Subidón. Lo había intentado ya en al menos dos ocasiones, incluso recuerdo que en la segunda estaba muy convencido. Pero no duré más de una semana. En parte fue porque no había tomado la precaución de reconfigurar antes mi cuenta de Spotify y me encontraba con que, prescindiendo de Facebook, tampoco podría escuchar música. Pero sobre todo se debió a que estaba completamente enganchado. Así que asumí la adicción con la calma con que un yonqui admite que lo es rodeado de otros yonquis y seguí chutándome.

Pero esta vez no. Desconecté mi cuenta de Spotify y abrí otra que no me exigiera ser funcionario de Zuckerberg para ingresar. Cerré mi correo. Entré por última vez, seguí las instrucciones. Rellené un captcha loco. Pulsé eliminar cuenta. Y ahí acabó todo.

Llevo diez años en redes sociales. Empecé en Fotolog. Tuve un Myspace. Abrí una cuenta de Facebook y luego la cerré. Más tarde abrí otra. Incluso mantuve un Twitter dos semanas. Soy un adicto de largo recorrido. Soy el candidato perfecto para ir por los colegios hablando a vuestros hijos de los riesgos del mundo virtual. Creo que ya estoy limpio pero no puedo jurarlo. Nunca dejes una cerveza abierta cerca de un alcohólico. Mejor dale un blog, los blogs son como la metadona.

No he abandonado Facebook por ninguna razón ética. Sé que Zuckerberg trafica con mis datos, los datos son el dinero que dejamos en la mano del camello. Es solo que no me importa en qué se lo gaste. No, no es eso. Me he ido porque me estaba invadiendo la sospecha de que Facebook en realidad es un gran sanatorio mental. Y que yo había entrado ahí por mi propio pie.

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Facebook es más real que la realidad misma. No hagáis caso si alguien os dice que es como una pecera aislante. En absoluto. Es una muestra a escala de todo lo que hay fuera, y especialmente de lo peor. Facebook es como un inmenso libro de autoayuda basado en el mismo principio de todos los libros de autoayuda: tú eres el centro del universo conocido, tu opinión es lo más importante que existe, cualquier cosa que te disguste es mala en sí misma. Facebook también es como el experimento Ludovico de “La naranja mecánica”, un sillón en el que te mantienen los ojos abiertos mientras te bombardean con diez millones de estímulos. Esas historias cuyo final te sorprenderá. Esas noticias más falsas que Judas. Y todo ese enjambre de tarados que tienes a tu alrededor. Eres uno de ellos.

Luego está el stardom en miniatura. La falange de escritores de tercera, blogueros de tercera (hola, qué tal) y artistas de tercera que construyen en grupo una ficción de popularidad. ¿Tienes una novela de mierda en una editorial microscópica?, ¿publicas una mísera columna mensual en un diario online?… No te preocupes. No has fracasado. No eres mediocre. La diferencia entre los que han tenido éxito ahí fuera y tú es solo cuantitativa. Aquí puedes construirte tu propio público a escala. El talento solo es algo estadístico porque ¿quién te dijo que ser famoso entre cien personas no es también ser famoso de verdad? Solo tienes que aceptar el reparto de papeles: hoy haces de protagonista y recibes likes por tu último artículo, mañana ejerces de crítico benévolo cuando tu amigo publique el suyo. Promociona el libro de relatos autoeditado por aquel tipo, él te corresponderá: sus cincuenta amigos repararán en que existes y dirán que también les gusta tu trabajo. Cómo no creerles. Es una especie de comuna intensiva en la que todos cuidan de la fragilísima fantasía ajena. De ese ego jodido que no acepta que a lo mejor no pintas nada. Un engaño cooperativo que permite que, al final del día, puedas sentirte como si alguien te reconociera.

Lo último que vi en Facebook antes de cerrar la puerta fue a una artista cuya obra es una triste colección de plagios y reproducciones de obras ajenas colgando un montaje con una foto de Jorge Cremades en el que decía “yo apoyo la violación, por lo tanto soy un criminal y no respeto los derechos humanos”. Se compartió más de veinte veces delante de mis narices, en solo unos minutos. A eso lo llaman viralizar.

De modo que tomé la decisión de mantenerme alejado de tanto subnormal.

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