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Carrie Fisher está muerta. Sufrió un infarto en un avión hace unos días, fue ingresada en un hospital de Los Ángeles al aterrizar y falleció ayer. Las muertes de gente famosa son un fenómeno de masas aunque el muerto no interesara lo más mínimo en vida porque los famosos, cuando se hacen famosos hoy de verdad, es cuando se mueren. Es como una ley no escrita: hay que reaccionar, decir algo deprisa sobre Carrie Fisher o sobre George Michael, es el nuevo certificado de defunción.

Siento la muerte de Carrie Fisher (también la de Michael) aunque fuera una actriz mediocre y la saga de Star Wars al completo me parezca una de las cosas más sobrevaloradas y aburridas que he visto en mi vida, pero tengo que decir que su fallecimiento me ha proporcionado algunos de los chutes de asombro online más intensos que recuerdo. En un periódico he leído que Fisher “ya es una con la Fuerza”, en otro un columnista afirma orgulloso que “una imagen vale más que mil obi-wan-tuarios”, mientras un tercero destaca que “el actor que interpretaba a Luke Skywalker despide a su compañera con un emocionado tuit”. Daos cuenta: el actor que interpretaba a Luke Skywalker no volverá a llamarse Mark Hammill hasta que no se muera, porque aquí las identidades ya empiezan a ser póstumas y la extremaunción se administra en twitter.

El otro fenómeno asombroso que arrastra la muerte de famosos es el discurso a pie de ataúd. Es como si no se pudiera incinerar al difunto hasta que el último tuitero / articulista de este planeta no soltara su semblanza. Bowie ya está en los huesos a la espera. Con Carrie Fisher he visto además una especie de unanimidad a la hora de calificarla como un icono feminista porque su personaje de la Princesa Leia no esperaba a ningún príncipe azul ni necesitaba que la rescatasen. Incluso un político tonto con habilidades inmobiliarias la ha despedido (en twitter, claro) poniéndola como ejemplo por abandonar la monarquía para encabezar una rebelión. ¿Lo veis?… los muertos ahora sirven para todo.

Ya me diréis si me equivoco pero, hasta donde yo recuerdo, a la Princesa Leia la rescata un imberbe del que se enamora y si abandona la monarquía es porque destronan a su familia. Pero da igual, Darth Vader queda bien como símbolo del heteropatriarcado y además resulta que es su padre, el de ella y el del imberbe que, por lo tanto, resulta ser un príncipe. Luego él ingresa en una orden religiosa y ella se lía con un contrabandista que convive con un perro gigante. Hacedme caso: el único mérito real que le encuentro a Star Wars es haber introducido a lo grande el incesto en el cine.

Ahora os diré que Carrie Fisher me caía bien. No era una buena actriz pero era un personaje mucho más interesante que esa princesa irritante. Escribió una novela autobiográfica titulada “Postales desde el filo” sobre su infierno personal que luego se llevó al cine con un guión que adaptó ella misma. Era arreglista de guiones, trabajó en muchas películas como escritora. Se bebió el agua de los floreros. Pasó temporadas recluida en clínicas psiquiátricas y en programas de desintoxicación. Una vez la vi en televisión haciendo un monólogo humorístico sobre su vida en el que se reía de las cosas más crudas que le habían sucedido. El espectáculo terminaba con una ambulancia llegando al teatro y recogiéndola sobre el escenario en una  camilla.

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