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Lo habéis leído en todas partes: Charles Manson ha sido hospitalizado en estado grave y se teme por su vida. Manson tiene 82 años, parece un viejo mendigo demente, es posible que no salga de esta. Se comienzan a publicar artículos sobre él. Tal vez las ventas de Las Chicas de Emma Cline se disparen, a lo mejor ese será el único efecto positivo del nuevo circo. Leo cosas disparatadas, las mismas truculencias legendarias, los mismos lugares comunes y hasta un sorprendente interés repentino por el estatus social de las mujeres que cometieron los crímenes a su orden. Porque la de Manson es una historia de crímenes y, no hay duda, se ha convertido en un moderno cuento de terror. Como la historia de Jack el Destripador con música de los Beatles.

Por eso mismo, Manson es uno de los mejores ejemplos de la fascinación cultural por el mal. La tonelada de libros, artículos o canciones que refieren su personaje aún cuarenta años después sostiene la leyenda como una lupa sobre la figura de un mesías de apenas metro sesenta. Manson tenía un carisma intenso y magnético para sus seguidores, era capaz de conducirlos a matar gente o hacerles creer en un poder místico capaz de desatar el apocalipsis a su alrededor. Sin embargo, desde fuera del espectáculo ácido, ese carisma nos parece algo absurdo y sus sermones una montaña de estupideces solo creíbles para una pandilla de yonquis adolescentes. La razón por la que alguien tan insignificante puede ser tan tiránico y terrible, aunque solo sea en el espacio de una habitación, sigue siendo un misterio. Cierto que Charlie llegó a ser también un gurú para personas que no vivían a su sombra (como el músico Dennis Wilson), pero con ellas esa atracción fue solo ocasional, acabó pronto y mal.

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Charlie vuelve a casa

Porque Manson en realidad pasó la mayor parte de su vida en el papel de víctima. Lo fue de una madre alcohólica y sus amantes violentos como lo fue del régimen brutal de los reformatorios en los que transcurrió casi toda su infancia y adolescencia. De los correccionales pasó a la cárcel; no sería hasta cumplir los 33 años que se vio libre por primera vez y marchó a San Francisco. Allí Charlie explotó todo su potencial manipulador: creó su Familia rodeándose de un harén y comenzó a vivir su fantasía de poder. Se convirtió en líder de una troupe hippie mientras dedicaba sus esfuerzos a convertirse en un músico de éxito. Sedujo a sus adeptos y logró fascinar a Wilson, que no solo le prometió un contrato discográfico sino que llegó a grabar con los Beach Boys una de sus canciones (Cease to exist, que el grupo convirtió en Never learn not to love) e incluso acomodó a la Familia en su mansión.

Pero la estrella de Manson entró de golpe en la casa astral equivocada. Wilson se deshizo de él y el sueño de una carrera discográfica se esfumó. Es difícil saber hasta qué punto tenía ya organizados en su cabeza los disparates esotéricos que inspiraron sus crímenes, pero el detonante de su rabia fue ese rechazo. De pronto sus lecturas en la cárcel, su pasión por el ocultismo y la mitología, tomaron forma. El mundo estaba a las puertas del Armagedón. El FIN de todo llegaría con una inminente guerra racial. La Familia tenía el deber cósmico de provocarla para que los negros exterminaran a los blancos, mientras ellos se ocultaban en una cueva en el Valle de la Muerte. Desde allí Charlie los guiaría al reino subterráneo de Agartha, donde iban a multiplicarse para crear el ejército que reconquistaría la tierra. El mensaje estaba escrito entre líneas en las canciones de los Beatles: John, Paul, Ringo y George eran en realidad los cuatro jinetes del apocalipsis. El álbum blanco era la revelación. Helter Skelter el himno. Piggies la amenaza. Blackbird el canto del cisne. Y Manson el portador de ese infierno prometido.

El mesías, de todos modos, no iba a mancharse la túnica de sangre. Para eso estaban sus discípulos. Porque Manson era especialmente cobarde. Meses atrás había agredido a un hombre por un asunto de drogas, un camello de tercera. Creyó haberlo matado, el hombre era afroamericano y Charlie temió que los Panteras Negras buscaran venganza. Corrió a esconderse hasta que descubrió que no estaba muerto. Por si acaso, sería mejor que el asesinato del fin del mundo lo cometieran otros. No me entretendré ahora demasiado en los detalles que ya hemos leído mil veces: el 8 de agosto de 1969 Manson envió a cuatro de sus discípulos a matar a todos los ocupantes del número 1050 de Cielo Drive, en Beverly Hills. Cinco personas tiroteadas o acuchilladas, y entre ellas la actriz Sharon Tate, embarazada de 8 meses. Su marido Roman Polanski estaba fuera, y el actor Steve McQueen había excusado su presencia en la casa esa misma tarde. Días después, Leno y Rosemary LaBianca eran igualmente masacrados. Manson subió a su tropa al autobús pintado de negro con que se paseaban por la era de Acuario y huyó. La policía irrumpió en su santuario semanas más tarde y detuvo a toda la Familia.

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los ángeles de Charlie

El resto de la historia también es conocido. El juicio, la imagen angelical y a la vez demoniaca de sus adeptas, chicas de apenas veinte años con las manos manchadas de sangre, las mismas con que habían escrito la palabra CERDOS en las paredes de la escena del crimen. Niñas drogadas que acababan de apuñalar a una mujer embarazada. Devotas dispuestas a sacrificar a cualquiera por él. En la sala del Tribunal, Charlie se señalaba el entrecejo marcado con un corte en forma de X y ellas repetían su gesto. Sus frentes también estaban marcadas.

Las declaraciones de Manson durante el juicio, las que ha hecho después desde la cárcel. La megalomanía de alguien que en realidad solo parece un payaso. Quería levantar a la juventud de América contra la moral opresora, dijo. Yo fui Elvis Presley antes que el propio Elvis, dijo. Charlie Manson envejeciendo año tras año entre rejas, concediendo entrevistas en las que cada vez parece más enajenado, más patético. Satán, Hitler y Rock and Roll en la boca de alguien que sigue creyendo en su divinidad. Ya no queda nadie más.

Y al otro lado de la prisión, su imagen aumentada. Axl Rose con su cara estampada ante una multitud. Miles de copias descargadas o vendidas de su disco Lies, una mediocre colección de canciones folk con apenas un par de piezas soportables. Series de televisión y libros. Novelas inspiradas en la historia de sus seguidoras que resultan ser la revelación literaria del año. Y una chica escuálida que asegura estar enamorada de él, anunciando que van a casarse. Manson pide una licencia matrimonial pero aborta la boda declarando que ha descubierto que ella solo quiere aprovecharse de su fama. El mito siniestro que creció fuera de la celda regresa para humillarlo.

Porque a Charlie, Manson se le fue de las manos.

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