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El 22 de agosto de 1972, John Wojtowicz, Salvatore Naturale y Robert Westenberg entraron en una pequeña sucursal del Chase Manhattan Bank de Gravesend, un barrio de Brooklyn. Su idea era llevarse todo el dinero de la caja y desaparecer en menos de media hora. Sin embargo, todo lo que podía torcerse se torció, y terminaron pasando 14 horas en el interior del banco junto a siete rehenes. El atraco se convirtió en un circo con cientos de policías rodeando la sucursal, cámaras de televisión y público. El espectáculo terminó con Naturale abatido por el FBI, Westenberg en fuga y Wojtowicz convertido en una estrella.

Tres años más tarde, Sidney Lumet llevó la estrafalaria historia del atraco al cine. Con guión de Frank Pierson y un reparto encabezado por Al Pacino y John Cazale, “Tarde de perros” es tanto una recreación de aquel asalto como una potente metáfora de la chaladura colectiva de la sociedad occidental.

Pierson y Lumet lo tuvieron fácil; el atraco había sido retransmitido por televisión y Wojtowicz se había colado en los receptores de todo el país. La película recrea la chapucera odisea de los atracadores al detalle, reproduciendo las imágenes que todo el mundo había visto, siguiendo el desenlace con fidelidad y manteniendo un ritmo narrativo de acero. Sin embargo, la realidad y la ficción en “Tarde de perros” se entremezclan de muchas maneras diferentes.

Wojtowicz quería el dinero para pagar una operación de cambio de sexo a su novia Elizabeth, nacida Ernest Aron. Estaba separado de su mujer, tenía dos hijos y acababa de regresar de Vietnam. Naturale era un delincuente habitual con múltiples antecedentes, mientras Westenberg apenas tenía experiencia: tan pronto como entraron en el banco, se rajó y abandonó la escena del crimen. Wojtowicz y Naturale encañonaron a los trabajadores de la sucursal, recogieron el dinero y descubrieron que allí había mucho menos de lo que esperaban. Cuando quisieron marcharse, la policía ya había llegado y los rodeaba.

wojtowicz

el verdadero Wojtowicz, viéndolas venir

En “Tarde de perros” Pacino interpreta a Wojtowicz y, como él, pasa sucesivamente de ser un tirado a convertirse en un mito fugaz para los ciudadanos ociosos que lo jalean al otro lado del cordón policial. Wojtowicz se siente protagonista y comienza a lanzar soflamas contra la policía entre aplausos. El héroe popular no deja de ser un chorizo torpe que tiene amenazados de muerte a siete trabajadores por dinero, pero aprende deprisa a ganarse a la audiencia; sale del banco con fajos de billetes y los lanza sobre la gente, que se vuelve loca para alcanzarlos. De pronto, la solidaridad del otro lado de la acera contra la opresión policial se esfuma bajo la lluvia de verdes. La televisión va destripando su historia, pronto se conoce que tiene un amante transexual. En ese momento la claque comienza a reírse de él, de bandido simpático pasa a marica. Solo volverán a aplaudirle cuando entre en el coche que debe llevarlo, junto a sus rehenes, al aeropuerto.

El público del otro lado de la pantalla asiste al mismo proceso, y la información añadida que recibimos al ver la película (lo que sucede dentro del banco) no hace más que subrayar las mil contradicciones del carácter de Wojtowicz. Vale, atraca el banco por amor, quiere la pasta para que su novia pueda por fin ser la mujer que él ama, y no duda en declararlo abiertamente en una salida de armario en toda regla. También es un veterano de guerra al que el Tío Sam mandó a Indochina a jugarse la vida a cambio de nada, y su país se lo ha pagado con miseria. Pero simultáneamente es un cabrón que abandonó a su familia y que maltrata a su amante hasta el punto de haberla amenazado de muerte. Al final, todo lo que queda es el perfil de un tipo no muy inteligente superado por las circunstancias, metido en un lío que le puede costar el cuello por su propia estupidez.

A su lado, otro pusilánime como Naturale, convertido en matón de feria, dispuesto a cargarse a quien haga falta sin tener muy claro por qué. John Cazale, debo decirlo, está inmenso en el pellejo de ese cretino que termina pagando la cuenta con sangre.

El verdadero Wojtowicz pasó seis años en la cárcel tras ser detenido. Allí declaró que la idea para cometer el atraco la tuvo viendo “El Padrino”, protagonizada igualmente por Pacino… y Cazale.

Si queréis un final feliz, Wojtowicz cobró 7.500$ por los derechos de la historia (más un 1% de la taquilla de la película) y con ese dinero Elizabeth pudo, por fin, cambiar de sexo.

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