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Creo que ya voy pillando el truco de las movidas fúnebres en las redes sociales: nos gustan porque podemos asegurar que cada difunto representa algo. Cuando Fidel Castro se quedó muñeco, era todo el Siglo XX el que terminaba, cuando se fue Zygmut Bauman, era la hora de reflexionar sobre qué está haciendo internet con nosotros. A John Berger le podíamos colgar el mérito de llevarse consigo la visión crítica de la Historia del Arte, pero la verdad es que tampoco lo conocía tanta gente como para cargarle el ataúd de esa manera.

Y esta semana se ha muerto Paloma Chamorro. La versión oficial es que Paloma Chamorro se lleva la movida, que ya se quedó huérfana con Tierno Galván y luego con Carlos Berlanga y otra vez más con Germán Coppini y de nuevo con El Hortelano, pero que a partir de ahora se va a ir muriendo más a menudo cada vez que se despida alguno de los artistas que la representaron. En realidad lo que se lleva Paloma Chamorro falleció hace ya mucho tiempo, es la televisión y la música popular de vanguardia hace treinta años. Digo que se murió hace ya mucho tiempo porque el mérito por el que todos recordamos a Paloma Chamorro es el programa “La edad de oro”, que se retiró de emisión en 1985 y que ella dirigió y presentó durante los dos escasos años que estuvo en el aire.

Yo no veía “la edad de oro” porque era un crío al que mandaban a la cama y en mi casa no había vídeo. Me gustaban algunos de los grupos que aparecían en el programa, y si pescaba algún avance los podía ver durante un minuto. Sí conseguí ver a Derribos Arias en “Musical Exprés”, que se emitía por la tarde en la 2 y que presentaba un señor muy raro que se llamaba Ángel Casas, pero no era lo mismo. Por “la edad de oro” pasaron los Lords of the New Church, que en 1983 actuaron en un festival de verano a 20 minutos de mi casa en Pamplona. Recuerdo la que se lió porque unos fulanos que se proclamaban señores de la nueva Iglesia venían a tocar con cargo al presupuesto en la mística Navarra después de enseñar el culo en la televisión pública. Luego vendría el incidente del vídeo de Psychic TV con un crucifijo rematado por una cabeza de cerdo y, al final, el programa se fue a paseo.

genesis

Lo que “la edad de oro” tenía y nadie ha podido relevar eran tanto méritos propios como una gran fortuna. Antes de colgarle medallas a la pura suerte, diré que saberla aprovechar también me parece un mérito. Tenía a su favor una época realmente dorada, con un país que acababa de librarse de la losa gris de una dictadura ultraconservadora que había fosilizado las costumbres durante casi medio siglo. Un momento único en el que todo parecía nuevo y excitante y prometedor. La música, desde luego, sí era nueva y excitante y prometedora. No se parecía a casi nada de lo que se había escuchado antes, venía cargada con una actitud festiva, teatral y provocadora, casi siempre divertida. Se celebraban las cosas con la furia de una adolescencia social liberadora. Y se mantenía ese espíritu en un país que todavía desayunaba con sustos violentos y malas noticias a diario. También hay para quien eso fue solo una especie de escapismo irresponsable, pero ya hemos asumido que con los esnobs hay que convivir como se convive con el cuñado tonto de la familia.

El esnobismo de entonces era otra cosa, tan ingenuo como creer que todo acababa de inventarse. Y ese era también el mérito de “la edad de oro”, estar hecha como si todo acabara de ser inventado y quedara margen para que fallara en tus propias narices como parte natural del espectáculo. El programa se grababa en un gran estudio habilitado como una sala de conciertos y no tenía más guión que el de las entrevistas a los artistas invitados. El resto era espontáneo, no había indicadores luminosos para los aplausos, se abrían las puertas y todo el mundo entraba maqueado para asistir a conciertos de verdad con música en directo, acoples, pitidos, improvisaciones y la sensación de que aquello se podía desmandar en cualquier momento.

Y desde luego, se desmandaba. Stiv Bators se bajó los pantalones, Genesis P. Orridge se emborrachó a muerte, Divine se salió de madre y Almodóvar travestido soltó que su droga preferida era el polvo de ángel. Desde el primer momento, el programa estuvo marcado por lo imprevisto: Eduardo Benavente falleció una semana antes de estrenarse y la de Parálisis Permanante fue, por esta razón, una de las muy pocas actuaciones que se emitieron enlatadas.

paralisis

Lo curioso es que lo que mató a la edad de oro no fue ninguno de esos imprevistos. El vídeo de Psychic TV estaba programado y la cabeza de cerdo iba dentro. No falló nada. Paloma Chamorro quiso proyectarlo y ahí se abrieron las puertas del infierno: los representantes de Alianza Popular y de Convergència i Unió en el Consejo de RTVE denunciaron que aquello vulneraba la Constitución, la Conferencia Episcopal Española presentó una protesta formal, se llegaron a formular preguntas parlamentarias en el Congreso y todo acabó con una querella contra TVE y Paloma Chamorro por profanación de los sentimientos religiosos. Ella fue absuelta por el Tribunal Supremo… en 1990. Sin embargo, creo que no es el detalle más importante de esta esquela.

Porque la realidad es que hoy “la edad de oro” no existiría. No duraría un mes. No tendría sentido. La música ya no es emocionante. No puede serlo cuando es objeto de bombardeos masivos online. Los artistas ya no quieren ser en absoluto misteriosos, quieren ser transparentes y visibles a golpe de click, garantizar que no llevan nada molesto escondido. Quieren ser envasados en packs múltiples al vacío de lo cool en megafestivales o webs de tendencias, quieren eco en Instagram. Ahora ya no necesitas comprar un disco o una entrada para ser follower porque puedes seguir a distancia. Incluso si de verdad no quieren nada de eso, parece que no les queda otra alternativa. Los que escapan tratan de hacer llegar sus discos en bandcamp o con una distribución tan débil que a duras penas la accesibilidad de la red puede compensarlo. Nadie ha podido devolverle a la música esa sensación de peligro, de material inflamable, de riesgo imprevisible. Solo quedan cuatro francotiradores en clubes pequeños o en sótanos peleones. Y luego nosotros, que estamos ya viejos.

Pues bien, si me dejan elegir, eso es lo que se ha muerto. Aunque en realidad, como os he dicho, fue hace ya tiempo.

Muchas gracias por todo, Paloma Chamorro.

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