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Vivo en un barrio altamente gentrificable pero que no está gentrificado y eso me está matando. Vivo en un simulacro, en un matrix raro en el que los esfuerzos de unos pocos emprendedores se van al carajo de forma trágica. La panadería de nombre francés se resiste a las dobles fermentaciones integrales de masa madre biológica. La librería de la calle paralela no trae novedades en inglés. La vermutería de la esquina ha sido tomada por jubilados de verdad y señoras bien con varices y tinte. En la parroquia de la plaza la gente se agolpa los domingos para escuchar misa sin la menor distancia irónica. No hay carril bici. Hace dos semanas vi a un tipo con un monociclo eléctrico bajo la ventana, pensé que aún había esperanza, creí que venía a rescatarme. Pero pasó de largo. Solo el repartidor de prensa lleva barba. Hay una pokeparada a doscientos metros pero solo salen bichos de puntuación baja. Cuando cocino pollo tandoori cierro la ventana para que el olor no me delate. Y he tenido que afeitarme el bigote para evitar represalias.

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