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Hay un problema cuando un músico escribe un libro, y es que lo lees condicionado. Si su música te gusta, no puedes evitar enfrentarte al texto como una prolongación de las canciones que conoces, como si en vez de una novela fuera un doble disco de descartes en el que esperas reconocer todo lo que disfrutaste en los demás. Por eso, al mismo tiempo, es poco probable que decidas leerlo si su trabajo no te interesa.

Eliminemos las biografías; aunque las hayan escrito ellos mismos, en las biografías no hay nada que no esté relacionado con la música, y cuando las leemos no solemos pensar en otra cosa que en un anecdotario del personaje. Las biografías pueden estar bien escritas (la de Morrissey es recomendable aunque Morrissey sea mejor personaje que escritor, y Éramos unos niños de Patti Smith es muy notable) o ser simplemente correctas (la de Lemmy Kilminster, entretenida y humildemente macarra), pero en todo caso cuesta verlas como algo que no sea un apéndice de los discos.

Cuando los músicos saltan del pentagrama a la novela es cuando llega el conflicto: amo a Nick Cave pero nunca he podido terminar ninguno de sus libros… tanto Y el asno vio al ángel como La muerte de Bunny Munro se me hicieron antipáticos, terminaron regresando a la estantería y cerraron el paso a King Ink. Cave publicó hace un par de años La canción de la bolsa para el mareo, una recopilación de textos experimentales probablemente escritos como trabajo previo para sus letras, y la experiencia fue otra vez olvidable. Sus discos, en cambio, me siguen gustando.

Morrissey no pasa de discreto en su novelita List of the lost, pero sin embargo Steve Earle escribió una delicia llamada No saldré vivo de este mundo que solo puedo recomendar. El caso es que estoy mucho más familiarizado con las canciones de Morrissey que con las de Earle, y tal vez eso jugara a su favor como escritor. Otro tanto puedo decir de Exitus, la novela de Antonio Luque (Sr. Chinarro), al que nunca hice mucho caso como músico. Es decir, que tal vez la mayor distancia con los discos aumenta las probabilidades de leer los textos sin expectativas ni prejuicios, aunque sean favorables… o precisamente por eso.

La fórmula no es infalible: Sabino Méndez es autor de un puñado de canciones que me gustan, e incluso de alguna que considero mítica como La mataré. Pero no puedo decir que haya seguido su carrera ni que Loquillo sea uno de mis artistas preferidos. Méndez ha escrito también un puñado de libros, más o menos relacionados con su propia vida en los escenarios. Y hace un par de meses ha publicado Literatura universal, otro voluminoso texto autobiográfico. No negaré que el envoltorio fue un gancho eficaz: una foto de Joe Strummer y Mick Jones en la portada, una sinopsis que prometía el oro y el moro de la crónica de la movida con sus luces y sus miserias, el tipo de cosas que me hacen caer…

Al final, Literatura universal se me ha caído a mí de las manos. No he podido avanzar. Méndez ha llenado 496 páginas, y desde luego eso es bastante para tomárselo en serio. Demasiado en serio, para ser exactos. Porque Literatura universal es denso como un estanque de petróleo. Recorrer la novela es como andar cuesta arriba con suelas de plomo. La vida de Sabino Méndez es potencialmente más interesante que la mía o la tuya, que no hemos montado un grupo de rock ni hemos escrito Cadillac solitario. Pero la realidad es que Méndez escribe con un estilo tan ceremonioso y barroco que terminas pensando si él no considerará todas aquellas canciones como un pasatiempo y su verdadera vocación siempre hubiera sido llenar párrafos eternos de oraciones subordinadas.

Luego están las citas. Toneladas de citas, al menos una o dos por página. Multiplicad. La extravagante explicación para ese título tan ambicioso son las citas. Porque Sabino Méndez cita a todo el mundo, desde poetas latinos o trovadores medievales a escritores de vanguardia; citas en su mayoría forzadas, innecesarias, evitables por el bien del texto y del lector, constantemente obligado a bajar la mirada hasta el pie de página para descubrir que la expresión más nimia, en realidad, procede de una novela de Cervantes o de un verso de Dante. Mientras tanto, el texto avanza lento por los recuerdos de un viaje adolescente a Ibiza que va dejando de interesar por momentos. Página 121, ahí acabó todo para mí.

No he llegado a entender la razón de esa superabundancia de citas. Tal vez Sabino Méndez quiere presumir de lecturas, demostrar que todo puede ser arte elevado en sus manos. Tal vez sea verdad que sus canciones eran solo un pasatiempo, que lo que se estaba cociendo bajo la formación de los Trogloditas era este vasto compendio de literatura universal.

A lo mejor tenemos que resignarnos y escuchar La mataré como el simple pedacito de un conocimiento artístico que nunca podremos alcanzar.

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