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Marvin Molar no ha tenido mucha suerte. Nació mudo y sin piernas (en realidad tiene dos pequeños apéndices de no más de ocho centímetros, inútiles y flácidos), y se quedó sordo de un golpe. Sus padres lo abandonaron a los dos años envuelto en una manta. Marvin Molar vive desde entonces en el gimnasio de Al Molarski, que lo recogió y le dio su apellido, aunque Marvin prefirió recortarlo para no parecer polaco. Se gana la vida haciendo números de equilibrismo, porque hay algo que Marvin Molar sí tiene y es una poderosa musculatura; sus brazos son como dos troncos de roble, es capaz de sostenerse en equilibrio sobre un solo dedo y girar como una peonza para pasmo de quien quiera verlo.

También tiene una chica, Hester. Hester tiene piernas, puede oír y hablar. Otra cosa que puede hacer Hester es poner del revés el mundo de Marvin, mudarse al gimnasio, volver loco a Al, convencerlo para que reemprenda su carrera de forzudo de feria y desatar un apocalipsis que terminará a hachazos. Porque con Hester se cumple la maldición gitana que recibió Marvin hace años: ojalá encuentres un coño a tu medida.

La maldición gitana (1974) es la séptima novela de Harry Crews, y la segunda que publica en España la editorial Dirty Works. Crews decía que esperaba poder escribir unas veinte novelas, para garantizar que al menos dos de ellas merecieran la pena. Yo espero que se equivocara; El amante de las cicatrices ya me pareció fantástica, con lo que habría que asumir que el resto de su producción no vale nada. Porque La maldición gitana es igualmente brutal.

Un tullido que lee a Graham Greene. Una colección de boxeadores sonados. Un equipo de voleibol compuesto por discapacitados. Un culturista que pasa la vida entrenando para luego encerrarse en una habitación con el aire acondicionado a tope. Una pareja de ancianos sordomudos que se comunican a través de bastonazos en código morse. En La maldición gitana no hay moraleja ni invitaciones a la autosuperación, solo deformidades.

La maldición gitana no es para cualquier estómago. Todos sus personajes están jodidos, aunque ninguno se recrea en ello. Siguen adelante recibiendo palizas en peleas amañadas o sudando en exhibiciones grotescas. Crews compone su circo de freaks con un estilo simple y áspero en el que no queda el menor hueco para artificios. Humor negrísimo, fatalidad y olor a vestuario cerrado. Improperios racistas, misoginia y un crimen que llega al final del castigo…

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