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Lo que hizo George Romero fue inventar los zombis, al menos tal y como los conocemos hoy, desde el vídeo de Thriller a The Walking Dead. Su película La Noche de los Muertos Vivientes no fue la primera en la que aparecían zombis (36 años antes Victor Halpering había dirigido White Zombie, y Jacques Tourneur estrenó en 1943 I walked with a Zombie), pero los de Romero poco tienen que ver con cualquier otra creación anterior. Para empezar, porque ni siquiera el propio Romero pensaba en zombis al escribir la historia de su película; su inspiración parte de la novela distópica de Richard Matheson Soy Leyenda, publicada en 1954 y en la que el mundo es devastado por una plaga que transforma a las personas en una especie de depredadores nocturnos de connotaciones vampíricas. Soy Leyenda ha sido llevada al cine en varias ocasiones (El hombre Omega, de 1971, es la mejor versión), y curiosamente su primera adaptación a la pantalla -protagonizada en 1954 por Vincent Price bajo el título de El último hombre de la tierra– situaba la acción en el venidero año 1968, fecha de estreno de La Noche de los Muertos Vivientes.

En La Noche… esos vampiros han sido sustituidos por muertos que vuelven a la vida transformados en torpes antropófagos. No hay un hechizo vudú que los ponga en danza como en las viejas películas que recogían las leyendas haitianas, pero tampoco una excusa científica como en la novela de Matheson. El guión de La Noche… no se entretiene demasiado en dar una explicación para el apocalipsis; Romero introduce un satélite que anda perdido por Venus como posible causa del fenómeno y se despreocupa de más detalles. Lo que importa no es por qué pasan las cosas, sino que están pasando y son horribles. 

Los zombis de Romero son aterradores porque son fiambres hambrientos pero, sobre todo, porque son muchos, porque todo el mundo se está convirtiendo en zombi hasta que los vivos no son más que una minoría asustada y rodeada. En la película, sabemos a través de una televisión que en alguna parte aún queda civilización y que hay una evacuación en marcha, aunque nadie sepa bien cómo llegar hasta allá ni si, de conseguirlo, va a encontrar ayuda o ya será demasiado tarde.

Los zombis son patosos, andan despacio y uno a uno resultan poco amenazantes. Son personas normales, aunque podridas y voraces. Se podría escapar de cualquiera de ellos corriendo. Pero están por todas partes y son desesperantemente tenaces. Solo se les puede matar disparando a la cabeza. La metáfora zombi arrastra dos niveles de pánico: primero, esos muertos que vuelven de la tumba como un pasado que regresa para comerse al presente destruyéndolo a bocados y, segundo, como una plaga que alcanza a todo el mundo instaurando una nueva normalidad que consiste en vagar dentro de un rebaño hambriento sin hacer otra cosa que aullar de forma lastimosa. Los zombis marchan en grupo, pero ni siquiera se comunican entre sí; caminan aislados cada uno en su nada ambulante y no muestran más iniciativa que la de masticar a cualquiera que respire. Podemos decir que no siguen otro rumbo que buscar vivos a los que devorar aunque, si lo pensamos bien, los muertos no necesitan comer y sus ataques se dirigen únicamente a aniquilar a los que quedan.

No obstante, no todos los zombis son exactamente muertos vivientes. Algunos (la mayoría, según avanza la película) han sido mordidos por otros y se han transformado, con lo que no estamos ante difuntos de vuelta sino ante vivos contagiados. Poco importa, en realidad: los muertos inoculan su muerte en los vivos y juntos avanzan por un estado intermedio en el que cualquier voluntad individual desaparece… salvo la de morder. Cuando lo hacen, los zombis no actúan de forma organizada, sino que se abalanzan sobre la carne viva de forma instintiva, como el último acto personal posible. Ese acto en cualquier caso se desintegra por el mimetismo de la manada, transformado exclusivamente en una violenta contribución al fin comunitario: agregar otro cuerpo al grupo.

Así, en La Noche… puede inventarse una explicación metafórica en lo político, una censura aterrada de lo reaccionario, una advertencia de la muerte violenta de lo individual a manos de la masa o de cualquier ideología. Se puede interpretar una denuncia antirracista y hasta un tétrico esperpento sobre el consumismo. No está mal para 96 escasos minutos de metraje.

No sé en cuántas de estas cosas pensaba George Romero cuando escribió el guión para su película. En las entrevistas que he leído, se divertía desmontando este tipo de análisis y rechazando que La Noche… pretendiera exponer símbolos de la fractura social producida en Norteamérica a raíz de la guerra de Vietnam o construir una fábula política de ninguna clase. Ni siquiera cuando se le llamaba la atención sobre el hecho de que el protagonista de la película fuera un actor negro (Duane Jones) y que su personaje, único superviviente de la trama, terminara siendo tiroteado por error, Romero no decía otra cosa que su elección solo respondió a que era el único de sus amigos que sabía actuar.

Sea como sea, no creo que Romero se limitara a escribir una simple película de terror para impactar a la audiencia pese a no tener apenas dinero, ni que esa falta de presupuesto sea la causa determinante de que La Noche… resulte tan terrorífica. Tampoco creo que escoger a un actor negro cuyo personaje logra resistir el apocalipsis zombi pero termina acribillado por una partida de cazadores blancos sea algo casual. La Noche de los Muertos Vivientes seguirá siendo un clásico del cine, una muestra de que el verdadero talento narrativo no necesita grandes medios materiales y una de esas películas sobre las que se puede seguir hablando en un blog casi cincuenta años después.

De modo que llorad hoy a George Romero, pero recordad: si lo volvéis a ver a partir de mañana, apuntad a la cabeza.

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