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Pequeño Circo: historia oral del indie en España se publicó en 2015. La razón para destriparlo aquí de pronto es que su autor, el crítico Nando Cruz, acaba de anunciar que va a lanzarse una segunda edición. Eso acaba de hacer rentables los 30 euros que me gasté en él, además de darle sentido al hecho de que estaba comiendo polvo en una estantería hasta que, hace un par de semanas, me dio por leerlo en un arrebato de posesión indie. Llamadlo casualidad, llamadlo destino, llamadlo como queráis.

Los libros de historia oral de esto y de aquello son una plaga. Los hay a decenas sobre cualquier escena de los últimos cuarenta años y el fenómeno no parece agotarse. Entiendo su éxito, al menos entre los autores: para escribir uno basta con reunir correos electrónicos y números de teléfono, dejar hablar a los entrevistados y jugar después al collage montando el coro. No digo que no lleve trabajo pero, con un poco de estructura (por lo general tan escasa como el orden cronológico o el geográfico), a la que te descuidas ya has completado quinientas páginas. Las historias orales salen como churros y se han vuelto tan habituales que, en unos pocos años, alguien podrá publicar la primera historia oral de los libros de historias orales.

El criterio para escribir uno de esos libros es bien sencillo: busca un estilo o un periodo que aún no tenga su propia crónica y lánzate. Luis Costa, por ejemplo, reparó en la falta de épica escrita de la escena bakalao de Valencia y sacó petróleo. Me encantó su libro, pero tal vez su mayor mérito estaba en la historia que reflejaba, precisamente por desconocida. Nando Cruz ha sido más ambicioso y ha preferido hacerle examen oral al indie español de la década de los 90 en bloque. Así es como se llenan 950 páginas.

Nando Cruz supera la cuarentena, como la mayoría de los personajes que aparecen en su libro. Y es que hace ya más de 20 años de todo aquello. Eso significa que la crisis de los cuarenta de toda una generación está siendo dura. No lo toméis como una burla: el mundo de la música popular ha cambiado en las últimas dos décadas diez veces más que en cualquier época precedente. En los 90 aún se vendían discos, aún había discográficas, aún se hacían fanzines y aún se grababan maquetas. Haceos a la idea: los primeros problemas lumbares te coinciden con la sensación de que no has existido. Está pasando.

Confieso que a mí, con la misma cuarentena a la espalda pero todavía en perfecto estado, nunca me gustó el indie. Los 90 me siguen pareciendo un desierto del que no salió casi nada valioso. Si hubiera que prescindir de una década en la historia de la música popular, a los 90 nadie en su sano juicio los echaría de menos. Ni el grunge aportó otra cosa que un pastiche indigesto de rock setentero con fritanga punk ni el mundo se merecía padecer a Axl Rose. Tampoco nos despistemos; la escena indie original arrancó en 1986, “Psychocandy” de Jesus and Mary Chain se editó un año antes y Sonic Youth ya habían debutado en 1983. Lo siento, pero los 90 no tienen salvación. Si me pongo a pensar, creo que durante aquellos años solo llegué a comprarme un disco indie español (“Family Album” de Surfin’ Bichos). También recuerdo que alguien me grabó otro de Lagartija Nick (“Hipnosis”) y que soporté “Chup Chup” de Australian Blonde con toda la paciencia de que fui capaz.

Porque en España los 90 no fueron diferentes. La Movida moría de agotamiento dejando un yermo de culpas del cha cha chá y corazones de tiza en la pared, mientras las radiofórmulas aplicaban con violencia un amargo jarabe de palo que uniformó la música popular hasta el hartazgo. Y la realidad es que la escena indie, en sus márgenes y a la contra, no llegó nunca a ser ni sólida ni autosuficiente por más que lo intentó. Tampoco voy a discutir el mérito de toda la gente que se animó a montar pequeños sellos o a organizar conciertos para crear algo musicalmente estable, pero temo que sus esfuerzos -salvo excepciones- fueron más bien en vano… Los indies españoles se limitaron en la mayor parte de los casos a replicar modelos anglosajones desde el amateurismo más naif y eso fue casi todo. En realidad, era la misma actitud de la nueva ola, solo que esta vez sin ironía y sin esfuerzo por traducir la música que recomendaba el New Musical Express a un ambiente propio, ni en el fondo ni en la forma.

El libro de Nando Cruz examina esa escena con un criterio local que salta de ciudad en ciudad a la busca de los grupos que despuntaron en cada una. El indie arraigó malamente en Madrid, tardíamente en Barcelona y sorprendentemente en Bullas, un pueblo perdido de Murcia. Le salieron manchas extrañas en Burlada (la reivindicación de Josetxo Ezponda y Los Bichos es tan merecida como ajena a ese mundo) o Bilbao (Josetxo Anitua y Cancer Moon, por las mismas razones) y se convirtió en una etiqueta con el permanente apellido sound en Getxo, San Sebastián o Gijón. A partir de ahí, comienza una montaña rusa de conciertos con no más de cincuenta asistentes, colapsos postales en el buzón de Radio 3 y heroicos cacharrazos comerciales de los sellos que se atrevían a editar. Siguiendo el texto, parece que durante los años 90 ningún músico independiente cobró un céntimo de royalties… y a duras penas vio algo de dinero por tocar. También parece que el indie fue una odisea de furgonetas cargadas con equipo cruzándose a decenas por las carreteras de España, un caos precario en el que no sobrevivieron más que Los Planetas y en el que solo Dover vendieron discos.

Pequeño Circo vale como anecdotario de historias casi siempre desoladoras: promotores de conciertos que no pagan, multinacionales que no saben qué hacer y fichan grupos a los que invariablemente terminan echando por no vender lo suficiente, locutores de radio que se pelean por una maqueta y dejan de hablarse… También las hay tiernas y, excepcionalmente, exitosas hasta lo paranormal (Deviot sonando en un anuncio de Pepsi, algo todavía sin explicación). Más allá de todo eso, el libro se estira como un chicle pop con el que no se pueden hacer demasiados globos, relegando episodios más interesantes (la accidentada vida de sellos como Subterfuge y su relación con los medios y los propios artistas, o la creación del festival de Benicássim del que parece no interesar más que la tormenta que casi se lo lleva por los aires en 1997) en favor de una acumulación de detalles que termina siendo reiterativa… porque está bien querer dar voz a todo el mundo, pero la cosa no marcha tanto si todo el mundo, al final, dice lo mismo.

¿Y el balance? No parece que Nando Cruz haga un retrato muy favorecedor del indie. Sin llegar a la conversión mística de Víctor Lenore (un clásico) en revolucionario, no se diría que Cruz sienta demasiada nostalgia por aquellos años y su resultado artístico. Cierto que él apenas se pronuncia y prefiere quedarse en cronista, pero el hecho es que la dirección del libro -que sí le corresponde como autor- no lleva a ningún final feliz, ni aún siquiera emotivo. En varias páginas se plantea que el legado musical del indie patrio es escaso y además ha envejecido mal, cuando no se especula sobre su nulo compromiso político (ya sabéis, el trending topic de la crítica musical moderna) o su intrascendencia popular. Para alcanzar ese veredicto uno no sabe si merecía la pena cruzar a través de casi mil páginas.

…Aunque podéis intentarlo cuando regrese a las librerías. Como dirían León Benavente: ánimo, valientes.

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