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Tobe Hooper acaba de unirse a la lista de muertos célebres de que se alimenta ese zombi que llamamos internet. Tenía 74 años y una larga filmografía en el género del cine de terror, con (escasos) éxitos comerciales como “Poltergeist” y meritorias obras escondidas como “Funhouse”, aunque su mejor película sea, para siempre, una joya de culto que en realidad conoce todo el mundo: “La matanza de Texas” (1974).

La matanza de Texas” empieza muy en alto: flashes de cuerpos en descomposición y un cadáver desenterrado sosteniendo un cráneo putrefacto sobre una lápida. Una voz en off nos ha advertido de que vamos a presenciar una tragedia macabra, y otra distinta continúa detallándonos la profanación del cementerio en que acabamos de aterrizar. Los títulos de crédito aparecen ante imágenes de una tormenta solar mientras una tercera voz informa sobre un incendio en la frontera entre Texas y Luisiana. Son los apenas cuatro minutos en que se ha fundado todo el cine gore de décadas en adelante, y la película no ha hecho más que empezar.

Inmediatamente vamos a conocer a las víctimas (porque ya se nos ha informado de que no van a salir vivos). Son unos veinteañeros de ciudad viajando en una furgoneta Ford. Van a la casa familiar de dos de ellos en mitad de ninguna parte, precisamente para comprobar si el incidente del cementerio ha afectado a las tumbas de sus abuelos… Son buenos chicos que despiertan empatía; uno de ellos va en silla de ruedas y al ver un autoestopista en la carretera se detienen a recogerlo, considerando que sería inhumano dejarlo bajo el sol. Esta es la primera escena realmente importante de la película.

Porque el autoestopista va a torcer todos los planes; es un tipo extraño, nervioso y tarado que habla con pasión de los mataderos y de cómo se sacrifica a las reses. Los urbanitas se disgustan y comienzan a sentirse incómodos. El autoestopista lleva una cámara instantánea, hace una fotografía y pretende que le paguen por ella. Todo se desmanda cuando saca una navaja, se corta la mano y hiere al chico de la silla de ruedas, provocando una pelea que termina con su expulsión de la furgoneta.

The kids are alright (por ahora)

Los visitantes ya ven arruinado su viaje por culpa de ese redneck esquizoide que hablaba de matar animales y que intentaba sacarles dinero. Alcanzan una gasolinera donde no consiguen repostar, y terminan llegando a su destino con el mal cuerpo de su encontronazo. La charca donde nadaban de críos está seca, y dos de ellos se aproximan a una casa cercana atraídos por el sonido de un generador. Ya sabéis que en estas películas es importante ir dosificando los muertos.

Todo el resto de la historia se precipita desde aquí: la casa está habitada por una familia de dementes entre los que destaca el verdadero protagonista, Leatherface. Leatherface es un gigante que lleva un delantal de matarife y una máscara hecha con pedazos de caras de gente. No habla (solo gruñe, se nos da a entender que es un discapacitado) ni se separa de una motosierra. Asesina a los visitantes uno a uno, los cuelga de ganchos de carne, los encierra en cámaras frigoríficas o los descuartiza. Decorada con huesos y cráneos, la casa entera es un siniestro matadero. Y el círculo se cierra; el autoestopista chalado es otro de sus habitantes.

La segunda escena importante de la película es también la más terrorífica. La última superviviente de la pandilla urbana ha sido capturada y se encuentra atada a una silla ante una mesa adornada con pedazos de animales disecados. Toda la familia se ha reunido para la cena: el autoestopista, el dueño de la gasolinera en que intentó refugiarse (y que la secuestró llevándola de vuelta al infierno), Leatherface y una momia que resulta ser algo así como el patriarca de la troupe. Entre todos intentan sacrificarla a martillazos, pero ella logra escapar de nuevo. Al final de la película, huye por los pelos aunque salir viva sea el peor de los castigos después de haber experimentado un horror semejante.

Esa cena es el corazón de la película. Es una secuencia disparatada llena de un raro humor negro y en la que aparece un detalle que suele pasar por alto: Leatherface está travestido. Se ha pintado los labios y parece disfrazado de lo que falta en esa tétrica escena familiar, que es una imagen femenina. Cierto que la víctima es una mujer, pero no cuenta; ella solo está ahí como parte del menú. El patriarca es un pellejo que apenas se mueve y que ni siquiera tiene la fuerza para golpear a la presa, los hijos (o tal vez nietos, ya que se dirigen a él como abuelo) son dos inútiles anormales, y Leatherface termina supliendo todos los roles -cocinero, sirviente doméstico- atribuidos a una mujer en ese entorno familiar anacrónico y retardado. En otras palabras: hace de madre de toda esa fauna. Y no quiero ir más lejos con este tema porque tal vez Tobe Hooper empiece a parecer un salvaje. Leatherface siempre me ha recordado al Sloth de “Los Goonies“, aunque Sloth es un peluche salido de la cabeza de Spielberg, mientras que Leatherface es un perturbado asesino al que no puedes engañar con una chocolatina.

Carrie va de picnic

Yo creo que aquí está el terror de “La matanza de Texas”: los asesinos son una familia tradicional hasta lo grotesco, con una supuesta figura de autoridad que no se tiene en pie y unos hijos parásitos incapaces de otra cosa que esperar a que los alimenten. El peso de esa familia recae sobre un gigantón desequilibrado que oculta su cara seguramente deforme y que asume todo el trabajo: mata, despieza, cocina y sirve a unos locos que lo esclavizan y lo desprecian. Son unos tarados que representan una imagen feroz del paleto rural sureño, distorsionado como un caníbal ignorante y violento, opuesto a unos jóvenes urbanos, ingenuos y tontorrones, cuyo destino es ser devorados. Que esto implique una visión despectiva de la gente del sur profundo, utilizada como caricatura violenta, o que represente una especie de metáfora de lo reaccionario como fuerza destructiva es ya material para cineclub cultureta… También nos podríamos meter en un berenjenal de género, si da tiempo. Aunque ya he dicho que prefiero no hacerlo.

Mejor no. Porque “La matanza de Texas” hay que verla como lo que es: una película de serie B con suspense, sangre y motosierras hecha con poco dinero, ingenio y un par de caretas de goma. Hace 43 años, con eso podía bastar para asustar al patio de butacas y ganarse la censura en varios países. Y me refiero a tiempos en los que la censura tenía valor; ahora censuran a cualquiera.

De modo que gracias por acojonarnos, Tobe.

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