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Me gusta esta canción de Mose Allison por muchas razones. Sobre todo, porque es una de esas canciones que descubres a través de otros artistas, a la que llegas el día en que lees con atención los créditos de un disco que no tiene nada que ver con ella; es una de esas canciones que no imaginabas que no fuera de fulano hasta que reparas en que, de hecho, fulano no la mejoró en absoluto. Incluso si fulano es The Who, y Young Man Blues el puñetazo de rythm ‘n’ blues que abría Live at Leeds.

Live at Leeds es un disco fantástico. Lo compré de segunda mano en una tienda que cerró hace muchos años. Es uno de esos discos a los que no importa que su dueño anterior tratara mal; cada grieta en la cubierta le da fuerza, es un disco viejo que necesita precisamente ser viejo para ser lo grande y pesado que es, como un bloque de granito en que se hubieran grabado las canciones a martillazos. Lo ponía entero en casa una y otra vez, pero siempre regresaba a Young Man Blues.

Young Man Blues es una canción sobre la juventud. Es irónico que la escuchara en la voz de un individuo que tenía al menos 50 años cuando la encontré en un disco editado antes de que yo naciera. Y más aún que en realidad se tratara de una canción compuesta, once años antes, por alguien que tampoco era exactamente joven; Young Man Blues en su versión original es un sabroso blues a piano, adornado por la voz aguda y suave de Allison, sobre la rotundidad de ser joven y capaz de todo ante la resistencia de los viejos que se empeñan en mantener intocable su mundo vetusto. Creo que es una canción letal en muchos sentidos, un chiste amargo sobre el paso del tiempo, sobre cómo se es joven una sola vez sin que nadie, nunca, haya sido capaz de aceptar que ha dejado de serlo.

A fin de cuentas, creerse aún joven es la cosa más sencilla del mundo: basta con ignorar las propias limitaciones y actuar como si no estuvieran ahí ni fueran ganando terreno. No necesitas preparación para salir por la noche, ni esfuerzo para beber o drogarte. Puedes objetarme que cada día sí hay que esforzarse más en aguantar, pero deberías recordar que, aunque te entre sueño dos horas antes que hace veinte años, tienes el doble de dinero que entonces. No es que tengas mucho, pero desde luego tienes más. Y algo de tiempo siempre puedes comprar con él, en la forma que sea.

Cuando pienso en uno de los sitios a los que más me gusta ir por la noche, reparo en que cada vez que estoy allí no hay nadie a mi alrededor de menos de 25 años, y tal vez tampoco de 30. Es bastante natural en realidad, pero el hecho es que yo sí estoy teniendo 25 años durante el tiempo que paso tomando cerveza o viendo un concierto. Todos estamos teniendo 25 años a la vez, y por eso no hay sitio para nadie que los tenga de verdad. Cuando éramos nosotros los que los teníamos de verdad, un bar en el que la media de edad de la clientela rondara los 40 solo podía significar un tugurio de vejestorios al que no nos hubiéramos acercado ni locos. Ahora es nuestro sitio preferido, aunque estemos seguros de que no equivale a aquellos bares en que parecía apestar a alcanfor y aburrimiento, y de que nosotros no somos como aquellos viejos a los que, en el fondo, mirábamos con una mezcla de reparo y compasión. Nosotros lo pasamos bien y montamos conciertos, así que no tenemos nada que ver.

No estamos del todo equivocados. Hace 25 años la gente de más de 40 solía retirarse a hacer lo que nosotros mismos suponíamos que había que hacer con esa edad: trabajar, tener hijos y llevarlos a los entrenamientos. La juventud se había acabado, pero al menos era sustituida por un bienestar material que te permitía ganar dinero a cambio del trabajo y llegar a los entrenamientos en un coche decente. No había gran cosa de que quejarse y Mecano aún salía de gira. Quiero decir que había una manera standard de dejar de ser joven y mantenerse en un estado confortable de madurez, con todo un mercado de opciones de ocio adecuadas para esa evolución. La gente tenía crisis de la mediana edad, pero la solucionaba comprando otro coche o yéndose de viaje a Punta Cana con Curro, el oficinista fugitivo que vivía de vacaciones.

Reconozcamos que era una mejora; 30 años antes uno pasaba de ser niño a adolescente y de ahí, servicio militar mediante, a padre de familia. La juventud fue una anomalía introducida por los anglosajones en los años 60, una especie de prórroga indefinida de esa época de tu vida en que tienes menos responsabilidades que deseos y que, en vez de admitirse como una fase provisional, empezó a tener sentido propio, estética propia y… consumo propio, que era también de lo que se trataba. La idea funcionó bien durante varias décadas: los 80 y los 90, desde luego, siguieron el patrón. Pero esa juventud tenía que acabar en algún momento, así que primero se dividió en tramos (la treintena, como una pista de aterrizaje) y después se adaptó para desembocar en una edad adulta a la que se le permitía conservar adornos del pasado loco.

Los clientes del bar de cuarentones de hace 25 años en mi ciudad no eran tan atractivos. Para empezar, porque esa palabra –cuarentones– aún se utilizaba para señalar a alguien definitivamente viejo. Y para seguir, porque eran de una generación a la que, en España, esa evolución de lo joven a lo maduro probablemente no les había llegado a tiempo. Eran viejos, y una de dos: o eran divorciados buscando una segunda oportunidad o eran directamente unos alcohólicos. Hoy son algunos de mis amigos los que se han divorciado y, por supuesto, nunca pienso en ellos con esa rudeza. Confío en que ellos no me señalen a mí como el alcohólico.

Pero no puedo estar seguro de qué pasa al otro lado. Existen personas que sí tienen 25 años de verdad, es un hecho. Y cuando recuerdo cómo veía yo a los que tenían mi edad de hoy a los 25 años me echo a temblar. No vienen a los sitios a los que voy yo porque pasan por delante y ven gente canosa amontonada en la puerta. No asisten a los conciertos a los que yo voy porque tal vez no habían nacido el día en que se editó el primer disco de esos ancianos a los que pago por ver como si no hubieran pasado los años. Y la diferencia es que, tal vez, opinen que no solo los clientes del bar de cuarentones dan reparo, sino que esta vez hay todo un universo envejecido envolviéndolos, atascado como una bola de pelo blanco en la tubería del tiempo.

 

Somos la generación que no se va a quitar de en medio. Vamos a ser la viva imagen de todo lo que Mose Allison cantaba en Young Man Blues: vamos a obstruirlo todo. Incapaces de reconocernos como viejos, nos abriremos paso hasta la primera fila de los conciertos sin darnos cuenta de que estamos adoptando la misma postura de los jubilados que se asoman a las obras. Vamos a seguir siendo jóvenes por inercia, jóvenes con medicación (qué importará, tras tantos años automedicándonos), vamos a confiar en que aún estamos en nuestro sitio porque Mick Jagger lo hizo hasta cumplir un siglo y Bowie seguía poniendo caras con casi 70. Vamos a ver a otros mamarrachos generacionales envejecer sin estarse quietos, vamos a pensar que no somos ridículos… porque no podemos serlo. Tampoco tenemos muchas más opciones, aniquilados como funcionarios hasta la muerte o confinados en trabajos mal pagados, encadenando contratos cada vez más cortos, soportando largos fraudes a la Seguridad Social a nuestra costa para lucrar pensiones que nunca llegarán. Jodeos, llevaremos esto hasta el final.

Young Man Blues es una canción terriblemente irónica; Allison dice que en los viejos tiempos, cuando un joven pisaba la calle, los viejos se apartaban respetuosos y algo acojonados ante su vigor. De manera que eso fue en los viejos tiempos, cuando los viejos que hoy impiden el paso y se niegan a apartarse eran, precisamente, aquellos jóvenes invencibles. 

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Un pensamiento en “MOSE ALLISON : YOUNG MAN BLUES

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