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A veces me pregunto cómo se sentían las turbas que desfilaban antorcha en mano por la calle del pueblo camino del árbol del ahorcado. Aquello tenía que ser una catarsis de puta madre, un festival capaz de subir la adrenalina del personal hasta las nubes. Imagino que la cosa no terminaba con el último pataleo de la víctima en la soga; los buenos ciudadanos regresaban a casa agotados de tanta justicia y al día siguiente se saludaban emocionados por el vínculo que habían creado al calor de la bronca.

Tal vez pocas cosas unieran más que esa sensación de estársela devolviendo al Diablo, de haber vengado una afrenta codo con codo. Debía ser un empalme tan fuerte que nada podía resistirlo.

Estoy invitado a una ejecución pública esta semana. Aún no sabemos quién es la víctima, pero qué importa. La seleccionan por nosotros, la ponen a tiro, leen la acusación en alto y a por ella. Vaya, ¡en la última nos juntamos millón y medio!, pocas veces he visto tanta gente teniendo razón a la vez, debíamos tener una tonelada al menos. Llenamos todo el ancho de banda, ese desgraciado no tenía la menor oportunidad, ese maldito Harvey Frankenstein o como se llamara, no sé, ya te digo que lo seleccionan por nosotros.

Pero no se libra, no. No se libra ninguno.

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