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A principios de 1976, Cornellà era un sitio bastante duro. Casi todo era duro en España en 1976, con Franco recién muerto, una crisis económica feroz y una situación política salpicada de violencia. Pero en Cornellà el año había arrancado especialmente crispado con una huelga en la empresa Laforsa, que había empezado apenas unos días antes de la muerte del dictador y que se extendió durante semanas, propagándose por toda la comarca del Baix Llobregat. Laforsa era una empresa de laminados de acero que acababa de emprender una reestructuración con fuertes inversiones, dirigida a aumentar la producción bajo la guía de un nuevo equipo directivo. Pero los números no salieron y las expectativas se vieron defraudadas. Los trabajadores aceptaron cambiar sus vacaciones para cuadrar el programa y aumentar sus horas extraordinarias, encontrándose sin embargo con que la implantación de nuevos procesos mecánicos se traducía en un drástico recorte de sus primas. Se negaron a hacer más horas extraordinarias y las negociaciones con la empresa desembocaron en un enfrentamiento de solución difícil.

El día 11 de noviembre de 1975, un trabajador de la cadena cometió un error técnico que provocó la avería del tren de laminado. Laforsa decidió su despido inmediato, y ahí estalló el conflicto. Los trabajadores convocaron una huelga en solidaridad con su compañero, secundada por la mayoría de la plantilla. Y la empresa respondió despidiendo, primero a otros doce trabajadores y, con el paso de los días, a más de 160. La huelga se contagió a otras empresas de la comarca, los huelguistas se encerraron en la iglesia de Santa María y presionaron cuanto pudieron hasta que, 38 días después y tras abundantes cargas policiales y disturbios, Laforsa accedió a readmitir a todos los despedidos. La ciudad salió marcada de aquella experiencia con un carácter peleón grabado en las costillas.

The Traper River’s Band

La Cornellà de 1976 era una ciudad que acababa de crecer a toda prisa para acoger a miles de inmigrantes que llegaban a trabajar en las industrias de la zona como Laforsa. Una época de expansión y apertura de fábricas que hizo aparecer barrios donde apenas unos meses antes solo había campo. La nueva Cornellà tomó ese aspecto de ciudad fantasma con bloques de cemento y ladrillo que hemos visto en muchos otros sitios, un paisaje feo y suburbano con calles mal asfaltadas que se convertían en cenagales tras cada lluvia.

Miguel Ángel Sánchez era un chaval llegado con su familia de Melilla. Su padre era mecánico y él zascandileaba por ahí con un grupo de hippies que lo bautizaron como Morfi. Y Morfi, que veía claro en los nubarrones del barrio eso que en Londres iban a llamar No Future, montó un grupo. A los veinte años y en esa ciudad, qué otra cosa ibas a hacer.

A Morfi no le gustaba la rumba que se escuchaba en todos los bares, lo que le ponía era Lou Reed y Dr. Feelgood. Los compadres con que se juntó estaban tan hasta los huevos como él de todo. Compraron equipo de segunda mano y se metieron en una bajera. Se llamaron La Banda Trapera del Río y, sin enterarse muy bien cómo, meses después estaban tocando en un mitin del PCE ante Dolores Ibárruri; Morfi salió a escena enguarrado de zumo de tomate y harina, dejó hecho un asco el escenario que Ana Belén y Víctor Manuel iban a pisar después para cantar lo de abre la muralla. En La Banda todo era guarro: las letras, la música, las pintas… Las canciones hablaban de la mierda de alrededor, de las cloacas y la sensación de estar en lo más hondo de un socavón con barro hasta la garganta.

La Banda publicó su primer disco en 1978. Los Ramones ya eran conocidos y el punk salía en la televisión. Algo se podía pillar de todo aquello, y La Banda pilló primero un single (“La Regla”) y un año más tarde su primer y casi único LP.

Ahora me dejaréis que me fugue un rato; cuando a finales de los 80 trabajé en una emisora de radio, había un par de habitaciones repletas de discos. Eran todos los envíos promocionales de décadas, registrados en un archivo de tarjetas de cartón. “La Regla” estaba allá, y su tarjeta tenía escrito NO RADIAR, LETRA INACEPTABLE. Bueno, tal vez no ponía INACEPTABLE exactamente (a lo mejor decía OFENSIVA), pero el hecho es que no se podía utilizar. Y de todos modos, el disco no estaba. El primer LP de La Banda sí estaba, en cambio, en la tienda a la que iba a gastarme los cuatro duros (al cambio, 12 céntimos) que sacaba en la radio, pero no a la venta. Era tan raro que ni lo vendían; estaba de exposición como quien tiene una cabeza de reno en la pared aunque, para ser justos, este sería más como una cabeza de rata.

El disco no tuvo casi ninguna repercusión. Con tarjetas de cartón marcando NO RADIAR en las emisoras, se quedó en las estanterías de las tiendas de discos. Los traperos no encajaban en ningún sitio; demasiado macarras para los protopunks de la movida, de masiado punks para los puretas del rock urbano, su música sonaba como un choque entre los Stones y un camión de la basura. A su lado Burning parecían unos señoritos y, de todas formas, el rock and roll que vendía era el de Tequila.

Curriquis de barrio

La Banda grabó un segundo trabajo en 1982, al que llamaron “Guante de guillotina“. Es un disco fantástico, con un estilo mucho más trabajado que el anterior, una producción mejorada y canciones de puro rock and roll callejero en las que, sin embargo, el tono provocador se había rebajado del todo. Pero el grupo encontró todo tipo de problemas y no logró publicarlo hasta once años más tarde, cuando su música tenía aún menos hueco que al principio.

De entre las canciones que aparecían en su primer disco, hay una que llama la atención. “Ciutat podrida” es una de las primeras canciones de rock and roll grabadas en catalán (lengua que nunca volvieron a usar), con una desasosegante letra escrita por la poeta Esther Vallès sobre Cornellà:

“Ciudad podrida, me traes la noche y el miedo,

ahora que estás dormida, las calles se llenan de fuego,

quiero salir de este infierno, donde el grito de los perdidos se olvida,

este es el momento en el que se ha perdido la vida,

ciudad podrida”

Ciutat Podrida” es una de las piezas de La Banda en que más se siente la influencia de Lou Reed, y la que encarna el mejor resumen del mundo trapero: el suburbio y la mala leche proletaria, la heroína que se extendió como una plaga (Morfi logró desengancharse después de mucha pelea, como cuenta en sus entrevistas), el lumpen y sus supervivientes. Tal vez los traperos no fueran punks al uso, pero siempre he pensado que salvo ellos, Eskorbuto y Desechables -vecinos de Vallirana, a un tiro de piedra de Cornellà-, aquí no hubo nadie más sinceramente punk. 

La historia de La Banda se completa con al menos cuatro esquelas (su batería Raf Pulido, el guitarrista Tío Modes, su segundo guitarrista Emilio Hita y otro guitarrista más, Carlos Motos), dos discos más (“Directo a los Cojones”, grabado en vivo, y “Mentemblanco” comeback desapercibido que publicó Munster en 1994) y no acabará mientras Morfi siga en pie. Su actuación está anunciada para la edición de 2018 del festival Primavera Sound el próximo viernes 1 de junio. Si tocan “Venid a las cloacas“, pueden pedir que la chavalada les haga coros bajo los logos de los patrocinadores multinacionales. Quedaría bastante cómico.

“¡Obrero! te llaman siempre perro y derrochador

en la ciudad satélite, las ratas salen al exterior

Yo habito en los bloques verdes, y vivo con tensión

el pánico de la noche, el terror y la violación.”

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