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Michael Franti es el primer artista negro que aparece en este blog. Me he dado cuenta antes de subir esto, he repasado todas las entradas y no hay ninguno más. Incluso la escasa música negra que ha entrado aquí lo ha hecho a través de artistas blancos (Mose Allison y The Who). No es algo intencionado, y por eso mismo es peliagudo. Repasad un poco: Elvis es el Rey del Rock mientras Chuck Berry es un simple pionero. ¿Recordáis “Regreso al Futuro“? Al final de la película, el estomagante Marty McFly se sube al escenario del baile de graduación y toca con su guitarra un ritmo desconocido para los asistentes (claro, él viene del futuro). La banda contratada para el baile es un grupo de negros, y uno de ellos se queda boquiabierto oyendo ese vendaval, de modo que corre al teléfono y llama a “su primo Chuck“. No recuerdo la conversación exacta, pero le dice algo así como “eh, Chuck, ¿sabes ese ritmo nuevo que andas buscando?…¡pues escucha esto!” y levanta el auricular para que su primo oiga la ruidera que está montando Michael J. Fox. Una bonita fábula: vale, el rock lo inventaron los negros, pero copiando a un blanquito viajero del tiempo. Es una broma sangrante bajo su apariencia inofensiva, si recordamos que a Chuck Berry lo plagiaron indiscriminadamente artistas blancos que gozaron de mucho mayor éxito, empezando por los Beach Boys.

Solo es un ejemplo de algo silencioso de lo que no solemos darnos cuenta; en la música popular y en su historia abundan los prejuicios y los sesgos discriminatorios. Bien, todos tenemos discos de artistas negros. Pero salvo que seas un devoto del soul o del hip hop, la mayoría de tu estantería tiene piel blanca. Quiero decir que todos convendremos en que “Music of my Mind” de Stevie Wonder es maravilloso, pero los desmayos parecen más refinados con Scott Walker. No somos nosotros; basta abrir cualquier web o revista de la cosa para darse cuenta de que los artistas negros tienen menos atención y de que, cuando la reciben, invariablemente se trata de raperos. Aparentemente, no hay negros haciendo otra cosa que su música. En el subsuelo de esa atribución se esconde un prejuicio tan tonto como el de asegurar que los negros tienen más sentido del ritmo o que bailan mejor (algo que siempre me hace preguntarme qué vida desdichada le esperará a un negro torpe, ya que parece que la torpeza se le puede disculpar a un blanco mientras que en él se vuelve una excepción).

A lo mejor me acabo de meter en un zarzal, pero confío en vuestra comprensión lectora; no estoy diciendo que asociar a los músicos negros con el hip hop sea racista. Digo que asumir el reconocimiento de los artistas negros en la medida en que se pongan una gorra del revés y rapeen lo es. Se hace gracioso porque eso, además, proyecta un juicio absurdo sobre los blancos que hacen hip hop. ¿Beastie Boys hacían música negra?… ¿Y entonces qué música hacía Jimi Hendrix?

Cuando imaginas a un negro de éxito hay una predisposición cultural a suponer que es jugador de la NBA o rapero, lo que para empezar significa que debe ser estadounidense. Y esa es una predisposición construida sobre horas y horas de televisión, proyectando esas imágenes de éxito limitadas a dos únicos campos (el deporte y el hip hop), asignando un papel que hemos admitido inconscientemente como natural, y empezando por la geografía misma. Si hay negros tocando, precisamente, el rock n’ roll que inventó Berry ya nos enteraremos. Si los hay haciendo música electrónica ya saldrán. Y como no salen, pues es que no debe haberlos. En España, ni eso.

Si el hip hop es música de negros (y nadie va a discutir que lo inventaran, igual que inventaron el rock n’ roll mismo), entonces habrá que admitir que es la expresión de cultura popular más potente de las últimas décadas. Que se ha expandido de una forma mil veces más efectiva que el propio rock y que lo ha hecho de una manera más abierta: hay mil bandas de rap en decenas de países y, por lo general, todos cantan en su propio idioma en lugar de replicar el inglés. No podéis discutir que es una declaración creativa en la que la letra importa tanto o más que la música, y que la letra siempre ha intentado decir algo. No tengo nada contra los artistas que no dicen nada. Adoro a decenas de grupos que no dicen nada. Cocteau Twins hasta se inventaban el idioma de sus canciones, y tengo casi todos los discos. Pero si alguien trata de decir algo, sé que me está pidiendo una atención añadida y que no se conforma con ser música de fondo para mis trips privados, me guste más o menos. En el otro lado del ring, la tengo tomada con la gente que se empeña en cantar en inglés siendo de Cuenca, porque esos siempre me parece que quieren decirle algo… a otro que no soy yo, igual que la gente que se pone a hablar en clave para que no te enteres.

Perdonad, ya vuelvo y acabamos. Solo quería decir que, inconscientemente, estamos adiestrados para reconocer la raza de un artista como un factor que condiciona nuestra experiencia de su música. Algo que procesamos para alojar su obra en una clasificación que nos han inculcado. Es así de estúpido.

Spearhead era el grupo de Michael Franti. En 1994 publicaron Home, el disco en el que aparece esta canción. Hay doce más junto a ella, y casi cualquiera podría estar aquí. Pero Hole in the Bucket tiene un hipnótico loop de guitarra plegado a un ritmo suave, y tiene el fraseo de Franti contando una historia (y cuando digo una historia me refiero a una historia, no a cuatro repeticiones de una frase que alguien creyó emotiva en pleno ataque de onanismo) sobre un hombre que relata su monótona vida suburbana, su rutina gris y la inadvertida necesidad que le asalta de rellenar los huecos de su infelicidad comprando cosas. La canción que le escucha cantar a un mendigo se le mete en la cabeza y le hace pensar en si debería darle unas monedas. Da vueltas al asunto durante el viaje de vuelta del trabajo, piensa en lo que es tener poco o no tener nada, tararea la canción -que es el estribillo de Hole in the Bucket– y al llegar a su barrio vuelve a tropezar con el mismo mendigo. Aparta la mirada reteniendo las monedas en su bolsillo pero, al ir a tocarlas, descubre que el bolsillo tiene un agujero y se han perdido. En ese momento su bolsillo está tan vacío como el vaso de plástico que le tiende el mendigo. Y su necesidad de comprar cosas desaparece.

No sé, debe ser una letra negra.

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