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Si pensamos en la música española de principios de los 80, lo más probable es que lo primero que nos venga a la cabeza sea el peinado de Alaska, acompañado por los bandos de Tierno Galván y la sintonía de “La bola de cristal”. El retrato de la música española de aquella época ha quedado marcado para siempre con el sello de la movida, hasta el punto de que parece que todo el país cantaba “Horror en el hipermercado” a coro. Sin embargo, si repasamos la lista de números 1 de los cuarenta principales de 1982, resulta que solo “Bailando” de los Pegamoides llegó a ocuparlo la semana del 12 al 19 de junio. Ningún otro grupo de la movida vendió los suficientes discos para coronar la lista (en 1983, solo lo consiguió Video, de los que nadie se acordaba ya al año siguiente). Barón Rojo, en cambio, estuvieron dos semanas con “Los rockeros van al infierno”, acompañados de Leño (“¡Que tire la toalla!”) y Obús (“Va a estallar el obús”). El resto de la música española más vendedora en 1982 da un poco de vértigo: Bertín Osborne, José Luis Perales, Julio Iglesias, Luis Cobos y Miguel Bosé eran los que partían el bacalao. Junto a Mecano, claro.

En 1982 Barón Rojo no solo lograron un número 1 en España. Su disco “Volumen Brutal” había sido grabado en Inglaterra en solo dos semanas y en dos versiones diferentes: una en español y otra en inglés. Ambas fueron distribuidas en el Reino Unido y ambas consiguieron vender una cantidad asombrosa de discos. “Volumen Brutal” se distribuyó a otros países europeos, e incluso se llegó a editar en Estados Unidos. La banda se convirtió en la sensación metalera en Europa; aparecieron en la portada de la revista Kerrang! y tocaron en Londres. No deja de ser irónico que la única reclamada por el público londinense fuera una banda española de heavy metal, mientras en Madrid el movideo llevaba hasta el reloj de pulsera sincronizado con el Big Ben sin despertar mayor curiosidad fuera.

Por alguna razón, esta es una historia enterrada. El éxito de los primeros ochenta está atribuido a grupos que en su mayoría no lograban juntar a 100 personas fuera de Madrid. El mito acompaña a músicos que apenas grabaron discos, o que grabaron discos que no escuchaba casi nadie mientras los conciertos de heavy metal reunían cien veces más público y abarrotaban salas.

Yo era un mocoso en esa época, pero recuerdo lo bastante; el heavy era música de macarras, y los macarras eran drogadictos, delincuentes o ambas cosas. No os exagero, vaya pintas, con esos pitillos, esas cazadoras de cuero, esos pelos… seguro que llevan una navaja (la navaja, la gran amenaza de los 80). A mi colegio, un sitio encantador de uniforme y tontería a escala industrial, venía algunas tardes una panda de heavies -si no os importa, en adelante jevis– que entraban en el patio y se fumaban unos cigarros con alumnas amigas suyas. En cuanto aparecían, los tutores se acercaban a vigilar, como si aquellos chavales con camisetas negras y parches de AC/DC fueran un peligro o acabaran de fugarse de la cárcel; diría que por encima de ellos, como riesgo, solo estaba el hombre misterioso que repartía caramelos con droga y al que nunca vio nadie.

De acuerdo con que la mía es una ciudad de provincias, pero si hablamos de las legendarias tribus urbanas, aquí solo había una: los jevis. Yo conocía a cuatro rockers que se juntaban en un billar y a dos góticos que se cardaban y descardaban el pelo cada vez que salían para no ser desheredados, y eso era todo: los punks solo aparecían en sanfermines y, si hablamos de mods, la respuesta es que jamás vi ninguno. Los jevis eran los únicos que gastaban uniforme y lo lucían en la calle.

Sin embargo, la historia del heavy español de los ochenta se ha ido por el sumidero. Aunque fueran casi los únicos que colgaban el cartel de “todo vendido”, sus apariciones en televisión caían con cuentagotas. Los macarras mejor lejos. Cuando en 1986, y tras un concierto de Scorpions en el estadio del Rayo Vallecano, un fan murió de un navajazo durante una reyerta, todas las piezas encajaron: esos peludos son un peligro… al parecer, nunca nadie antes había muerto de un navajazo en España. El heavy fue estigmatizado por la prensa y casi obligado a rendir cuentas. Pedro Bruque (bajista de Tigres) compuso una canción titulada “El heavy no es violencia” y organizó una gira de conciertos que reunió a bandas de metal para lavar la cara del género y su gente, en una especie de absurda disculpa pública que solo se les reclamó a los jevis. Los macarras, ya os he dicho, mejor a distancia.

Todo esto tiene un nombre. Me imagino que sabéis a qué me refiero.

He escogido “Incomunicación” porque es la primera canción de “Volumen brutal”, el disco internacional de Barón Rojo. Es una canción de rock n’ roll acelerado, con un riff hiperactivo que recuerda a unos Zeppelin a la carrera en un tanque sin frenos. Una entrada contundente, colocada a la puerta del disco para dejar claro que el viaje va a ser movido. Y también una canción con una letra que habla de la incomunicación y la asfixia de la vida urbana, de la pérdida de la ilusión por todo, aplastada por muros de hormigón. No está mal en una época en que las aspiraciones más de moda eran convertirse en un bote de detergente para salir en la tele.

Aunque mira, cada uno canta de lo que le da la gana.

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