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Ya no se escriben canciones como las de antes. Al menos, nadie hoy en día escribe canciones sobre su pene con la magnificencia y la pompa con que Blackie Lawless lo hizo en 1984. En realidad, lo que Blackie Lawless escribió fue todo un disco sobre su pene, allá en 1984. Fue el primero que editó con su banda, W.A.S.P., y estaba lleno de himnos sexuales, como una feroz ópera sobre el músculo del amor más robusto que nadie había visto jamás. En aquella época Blackie follaba como una bestia (“Fuck like a Beast“), lanzaba su ariete al ataque sin tregua (“L.O.V.E. Machine“), invitaba al sexo oral (“On your Knees“) y no hacía rehenes (“Show no Mercy“). Añadamos una versión de “Paint It Black” de Rolling Stones que podía interpretarse como un requiem final por el alma de todos los amantes exhaustos que habían terminado aplastados por su voracidad.

En 1984 los adolescentes se volvían locos con el heavy metal. Y el heavy metal hablaba de follar, de encomendar tus hormonas a Satán y pecar a lo loco. Era rock pensado para jovenzuelos con erecciones continuas, rock de pura testosterona y desinhibición, era todo sexo y enseñarles los colmillos a los mayores que te impedían ser quien eras y te obligaban a llevar el pelo corto, a unirte al rebaño. El heavy metal lo tenía todo, era la música adolescente más perfecta que ha existido nunca. Comparado con el metal, el punk es una cosa tristísima.

Por todas esas razones el heavy metal hoy es un estilo abandonado. Nadie hace ya heavy metal. El metal de hoy es espeso y claustrofóbico o sospechosamente culto y hermético. Ya no es divertido. Nadie se atrevería hoy a escribir un disco como “W.A.S.P.“, nadie lo querría publicar; sería descalificado por misógino y sospechoso aunque, en realidad, el metal ya era perseguido entonces por los elementos más reaccionarios. Así que, en el fondo, lo único que ha cambiado es la proporción de reaccionarios por metro cuadrado. Se ha disparado.

El heavy metal era la música más dionisiaca imaginable. La ambigüedad sexual nunca tuvo una expresión tan arrolladora; Blackie Lawless anunciaba que su herrramienta podía derribar los muros de Jericó pero vestía como una zorra babilónica y llevaba más maquillaje que Liz Taylor. No había banda heavy que no gastara la mitad de su presupuesto en sombra de ojos y peluquería. Drogas, sexo, fuegos artificiales, latex y cuero negro, tacones, falsetes ultrasónicos, guitarras de flecha como falos infernales… Grandes espectáculos teatrales con sangre falsa y carne sudorosa. Eros y Tanatos, hordas de efebos con melena alzando la mano cornuda para venerar a travestidos enviados por el Demonio.

Y nosotros ahí, encogidos, preguntándonos si es correcto.

 

(nota: las referencias a “W.A.S.P.” como primer disco del grupo incluyen canciones que no aparecían en su edición original, como “Fuck like a Beast” o la versión de “Paint It Black“, pero que se añadieron posteriormente en distintas reediciones en formato CD, ese invento del auténtico Diablo.)

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