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Esta es la historia de un pobre diablo que se levanta por la mañana un día cualquiera con una severa resaca y se mira en el espejo y todo a su alrededor es un completo desastre. No tiene un céntimo, las deudas se lo comen, prepara un té y enciende un cigarrillo mientras la cabeza le duele como si se la estuvieran perforando con un estilete. Su novia le ha dejado, se ha llevado el poco dinero que tenía a mano (tal vez un par de billetes escondidos en una lata de galletas, no irá muy lejos con eso). Siente el bajón de la mandanga que se metió anoche y los oídos le zumban como si tuviera una orquesta ensayando en el cerebro, el teléfono se une a la fiesta sonando sin parar. Seguramente tiene montones de ropa sucia sobre la cama. Seguramente tiene cajas de cereales vacías en la cocina o incluso llenas, pero invadidas de moho. Seguramente tiene una pila de platos sucios en el fregadero. Cualquier cosa desagradable que puedas imaginar, seguramente la tiene. Está hasta el cuello de mierda. Y huele a mierda. Y se acaba el té y se termina el cigarro y la cabeza le sigue dando vueltas y el teléfono vuelve a sonar y la orquesta que retumba en su cabeza no descansa y sigue oliendo a mierda.

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