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“La mala reputación” no es una canción de Paco Ibáñez. Es una canción de Georges Brassens, pero si hay una razón para escoger esta versión en lugar de la original, esa es que Paco Ibáñez tradujo y adaptó la letra de Brassens al español. Hay pocas canciones en el mundo que puedan mejorar con una simple traducción, y si lo hacen es porque su letra contiene tantas ideas que el hecho de llevarlas al idioma del público ya es mérito suficiente. Podemos añadir que “La mala reputación” es una canción en la que solo hay una melodía vocal y un par de acordes de guitarra que se repiten de principio a fin, con lo que está claro que no la he escogido por otra cosa que la letra. Tampoco necesita más.

La mala reputación” es el monólogo de un hombre algo harto que intenta mantenerse leal a sí mismo, aun a costa de ganarse la antipatía de todo el mundo a su alrededor: no se levanta el día de la fiesta nacional para asistir a los desfiles porque las marchas militares no le emocionan, y reconoce que ayudó a un ladrón a escapar al ver que era perseguido por un ricachón. También sabe que sus buenos vecinos van a terminar colgándolo de alguna farola, y solo se pregunta qué mal habrá hecho intentando seguir su propio camino.

Es una canción cargada de humor negro (todos todos me miran mal / salvo los ciegos, es natural) y un cierto cinismo que se revela como la última línea de defensa de la cordura. En ambas versiones el espíritu es el mismo, pero en la de Ibáñez la letra es más sombría. Grabada en 1969 durante un concierto en el teatro Olympia de París, Ibáñez la dedicaba a la España aún gobernada por Franco, un país a propósito del que muchos de los matices humorísticos de la letra original chocaban con la oscuridad de un régimen que no era, ni mucho menos, la democracia en la que Brassens podía usar su sarcasmo para quedarse en la cama el 14 de julio.

Si tenemos que compararlas, la letra de Brassens es mucho más rica y divertida que la adaptación de Ibáñez. En cambio, la versión española es grave y pesimista. Usando casi las mismas palabras, la diferencia se vuelve enorme: el ladronzuelo de manzanas al que persigue el dueño del huerto zancadilleado en Francia (una estampa casi cómica) se convierte en un fugitivo acosado por un rico señor en España. Ibáñez no solo buscó preservar la rima al elegir las palabras, sino que aprovechó para cargarlas del dramatismo político que le inspiraba su país… y de su rabia.

Si tenemos que escucharla ahora, casi 50 años más tarde, en “La mala reputación” sigue habiendo un verso, como poco, inquietante: “en el mundo pues, no hay mayor pecado / que el de no seguir al abanderado“. Y esto hoy, en un país con tanta inflamación de banderas, da para pensar que al siguiente toque de clarín nacional -aquí hay tantos clarines y tantas naciones como para montar una orquesta sinfónica-, a lo mejor lo honrado es responder dándose la vuelta en la cama para defender, cuerpo a cuerpo, el mapa que forma una sábana arrugada. Es la única patria de la gente honrada.

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