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De todas las canciones que aparecen en “Somos droga”, el primer -y parece que último- disco largo de Cabezafuego, “El suplente de los minutos basura” es la menos disparatada. El resto es un festival de samples y cambios de ritmo, una juerga de pop, funk, psicodelia, kraut rock y electrónica imposible de clasificar… hay cumbias incrustadas en estribillos nuevaoleros, música de cámara salpicada de guitarrazos, risas enlatadas, coros y cualquier cosa que puedas imaginar.

Lo asombroso del disco es que en cada canción hay al menos otras dos agazapadas, y las tres son buenas. Las letras, delirantes y llenas de ironía, suenan sentimentales o gamberras (a veces al mismo tiempo) según toque… o a Cabezafuego le dé la gana.

Sin embargo “El suplente” es una canción pop que, en comparación con las demás, resulta sorprendentemente convencional; tiene sus estrofas, su ritmo arreglado, su estribillo y apenas un par de samples bastante modosos. Es la penúltima del disco y, aunque me entusiasme el jolgorio de todas las demás, es la que más me gusta.

En gran parte se debe a la letra. “El suplente…” es la historia de un yonqui contada por sí mismo con un humor extraño y triste, pero completamente en serio. Un cero a la izquierda, un chaval que pasó de comprar ropa con su madre a sacar la navaja para picarse y que recuerda su vida desde el colegio (donde no era “ni muy listo ni muy tonto”) hasta el desastre de unos años “tan felices que ni los recuerdo”. La historia termina con un regreso a casa para intentar desintoxicarse y una vuelta a la protección de su madre desesperada… que no va a durar mucho.

Hace unos meses le pregunté a Íñigo Cabezafuego por esta canción, y me dijo que estaba inspirada en gente que había conocido. Yo también he conocido gente -a lo mejor la misma- que podría cantarla como si fuera su propia vida; creo que todos los que tenemos una edad hemos sabido historias (a lo mejor la del hermano mayor de alguien, o la del primo de otro alguien) de los que allá por los años 80 cayeron en la heroína. Ahora lo piensas y parece una leyenda de terror, pero eran años en los que no importaba de dónde fueras ni a qué te dedicaras, el jaco estaba al acecho y quien menos se lo esperaba podía encontrarse con un hijo o una hija en problemas. Mis padres creían en el hombre misterioso que repartía droga a la puerta del colegio y también creían que la heroína te la regalaban por la calle; no salías de casa sin que te advirtieran de a qué sitios no ir o te recordaran que, si alguien te invitaba a beber algo, no lo aceptaras. De acuerdo que es un poco tonto pensar que la mandanga se regala o que te la ponen de tapa con la cerveza, pero me pongo en su pellejo y entiendo que cualquiera que tuviera un adolescente en casa encontraba muchas razones para asustarse.

Un compañero de mi colegio murió de sobredosis, la hija de unos conocidos de mis padres contrajo hepatitis C y un vecino del bloque de al lado está hoy en un establecimiento psiquiátrico… El de Cabezafuego, por lo menos, vive para contarlo y planea volver a la fiesta de la aguja.

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