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Young Americans” fue el noveno disco de estudio grabado por David Bowie. Se publicó en 1975 y marcó un punto de corte en su carrera: adiós al glam rock y las arañas de marte, hola al soul y el sonido Filadelfia. Bowie, emigrado a América, vestido con amplios trajes de color pastel y un nuevo tinte de pelo, bailaba funk y se apasionaba por la música negra.

Tres canciones fueron seleccionadas para ser lanzadas como sencillos: “Young Americans”, “Golden Years” (de la que ya os hablé largo y tendido aquí) y “Fame”. Esta última fue la más exitosa de las tres, llegando al número 1 en las listas de ventas americanas con su estribillo pegadizo y la voz invitada de John Lennon, todo un lujo para Bowie.

Fame” es una pieza de funk riguroso, cálida y esquemática. Tiene un coro repetitivo que lanza la palabra “fame” y un fraseo vocal que se columpia sobre el insistente riff de guitarra de Carlos Alomar durante cuatro minutos dorados. Un caramelo para chupar bajo la bola de espejo.

La canción, claro, habla de la fama. Bowie compuso la letra a partir de esa palabra porque fue la primera que le vino a la cabeza a Lennon cuando grababan pruebas en el estudio; la aplicó al coro y ahí se quedó. No es una letra especialmente brillante, busca la rima y la cadencia dejando para luego un significado que apenas puede traducirse como que la fama es todo un problema. Suena frívolo… de no ser porque para Lennon terminó siéndolo. La fama, en la canción, es como un vampiro que se lleva tu sangre y tu salud mental, una servidumbre que sale del azar y generalmente te deja tirado cuando le place. A Bowie, al menos, no le apuntó con un arma.

La fama fue declarada derecho individual universal en 1968 por Andy Warhol. Warhol también estuvo a punto de pagar caro la suya, aunque ni eso evite que su frase parezca una boutade. Todo Warhol es, en realidad, una gran boutade. Sin embargo, no puedo decir que se equivocara por completo: la fama se ha devaluado y tal vez fuera eso de lo que quería advertirnos. Ahora se es famoso por cosas insospechables, más aún que pintar latas de sopa.

Hay gente famosa por hacerse fotos constantemente y enseñarlas en un escaparate, hay gente famosa por aceptar ser encerrada en una casa llena de cámaras, hay gente famosa por increpar a otra gente famosa. La fama se ha vuelto un mérito para la gente que no tiene ninguno e incluso existe un canal de televisión dedicado 24 horas al día a ello. Warhol no llegó a conocer ese canal, pero le hubiera encantado. De haberlo visto, habría descubierto fascinado cómo la televisión puede llegar a crear una moral de la fama basada en la amoralidad total; el primer semianalfabeto que participó en un concurso proclamando que él decía las cosas a la cara -como si fuera una virtud mística- trajo una nueva era al mundo… ¿quién no tiene a su alcance ser grosero? Los famosos ahora se funden y se recambian en cuestión de horas, la fama es una energía que no se crea ni se destruye, solo se transforma. La fama se ha desquiciado tanto que la gente sin fama la finge ante los que les rodean, que fingen también que la reconocen a cambio de irse pasando la pelota. Todo el mundo puede ser famoso varias veces al día en intervalos no consecutivos de 15 minutos ante un público microscópico. La fama se ha vuelto tan democrática que ya ni siquiera importa por qué seas famoso. Lo eres porque tú lo vales. Y lo eres a la cara.

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