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Sabino Méndez publicó Corre, rocker, su primera novela, en el año 2000. Desde entonces ha escrito otras cuatro: Limusinas y estrellas, Hotel Tierra, Historia del hambre y la sed y Literatura universal (esta última el año pasado, a todo lujo y con más de 500 páginas que aún hoy se me atragantan, como ya os conté aquí). Anagrama ha decidido ahora reeditar Corre, rocker aprovechando el tirón crítico de Literatura… y la fugaz actualidad de los libros sobre la Movida.

Corre, rocker es una novela autobiográfica en la que, claro, Méndez habla de la Movida, de la formación de Loquillo y Los Trogloditas, de la grabación de sus primeros discos, de los bolos y del ambiente de Madrid a inicios de los 80. Sale Alaska, sale Jaime Urrutia, sale Jesús Ordovás y sale todo el mundo. Hay juergas y destrozos en hoteles, hay incluso un accidente aparatoso en el bus de gira. Loquillo se lleva una buena colección de puñaladas. Pero todo esto es lo de menos.

Lo mejor de Corre, rocker es lo que no tiene nada que ver con el retrato panorámico de la escena ni con la música. Lo mejor de Corre, rocker es cuando, a mitad de camino, Méndez se desentiende de ese ambiente que ya se ha documentado mil veces y deja paso a la verdadera protagonista de su novela: la heroína.

Méndez fue yonqui durante unos cuantos años. Se enganchó en su época troglodita y arrastró la adicción a lo largo de una larga temporada en el infierno. Y en Corre, rocker toda esa travesía está contada al detalle: síndromes de abstinencia en una habitación de hotel en Canarias, recorridos por el chino de Barcelona buscando mandanga, camellos de todo pelo, confidentes, dinero que se va por el sumidero, recaídas, intentos de desintoxicación y sobredosis de amigos. Corre, rocker empieza como un documental sobre grupos de rock n’ roll y de pronto se convierte en una cámara oculta sobre yonquis en la que Méndez ofrece lo mejor que ha escrito hasta hoy. No es una advertencia sobre el consumo de drogas ni una historia épica; lo que Méndez cuenta es la verdad de su vida a los pies del caballo sin intenciones moralistas, con el estilo más preciso y renunciando -al menos por un rato- a los excesos aparatosos de su lenguaje. Corre, rocker hubiera sido una novela redonda sobre la adicción prescindiendo de toda la primera parte, aunque también puedo entender que Méndez quisiera introducir al personaje que es él mismo a través de todo lo que explica dónde estaba.

Corre, rocker me ha gustado tanto que hasta he vuelto a intentarlo con Literatura Universal… Hasta que he llegado a la vigesimoquinta cita culta de poetas latinos, trovadores medievales o cronistas decimonómicos. Señor, dame paciencia.

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