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Un músico puede ser pretencioso por muchas razones, y Pedro Burruezo lo era por casi todas. De cada canción de Claustrofobia colgaban los bocetos de al menos otras dos, empaquetadas como muestras de lo que podía haber sido la que terminaba sonando. Eso no garantizaba que ninguna de las tres fuera buena, pero con Claustrofobia las combinaciones eran infinitas, y en “Arrebato” casi siempre brillantes.

Arrebato” solo tiene siete canciones, y apenas me desharía de una. La patada se la llevaría “Lágrimas por un bolero”, que cierra el disco con algo de desgana y no parece haber hecho mucho más mérito para entrar ahí que estar lista para completar un repertorio escaso. “Lágrimas por un bolero” es una canción de afterpunk bastante canónica y corta de miras, machacada con un teclado pesado que se enzarza con una guitarra fea. Casi parece la manera de escupirte en la boca después de haberte dado a probar cosas dulces -o amargas- y raras, demasiado deliciosas, en el resto del disco. El modo de amargarte la cena cagando el postre.

Porque lo que queda de “Arrebato” es fascinante. De una imitación oscura del sonido de Golpes Bajos -en “La espía que me amó”, más exótica en “Amor sensible”- al dub con aires de tango electrónico de “Paris Nostàlgic”, por “Arrebato” pasan vodeviles pelados como “Sueños de Donna”, salpicones de Joy Division en “Sombras en la alcoba” y la siniestra chanson cabaretera de “Rapsodia bajo el Volga”.

Arrebato” tiene 34 años. Esas cosas solo sucedían en los discos de hace 34 años. Ahora ser pretencioso está mal visto; la música popular es demasiado estricta con sus mezclas admitidas. Por eso es una mierda.


 

Compré “Arrebato” hace una semana en Discos Barracuda. Lo tuve grabado en una cassette desde más o menos 1988, una cassette que dejó de escucharse en torno a 1990. Casi no recordaba ese disco hasta que en 2013 Munster publicó “Sombras”, un recopilatorio de grupos postpunk españoles en el que aparecía “Sombras en la alcoba”. “Arrebato” es uno de los últimos discos que he conseguido recuperar para reponer la colección de vinilos de que me deshice entre 1991 y 1995, aunque en realidad no lo tuviera. Puedo hacerme todas las trampas que quiera.

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