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Supe que la pegatina redonda que los vinilos llevan impresa en el centro se llama galleta el día que escuché este disco. Y lo supe porque la copia de “Once upon a Time” de Simple Minds que me había comprado esa misma mañana la tenía pegada sobre los surcos, como una plasta de papel adhesivo en mitad del disco. Lo descubrí en casa porque a mí me solía dar algún reparo tonto escuchar los discos en las tiendas. Esto vuelve a ser una especie de subtrama ridícula de “Cuéntame“, pero debería recordar que en las tiendas había tocadiscos en los que podías escuchar la música y decidir si te gustaba o no. Y el hecho es que me sentía bastante raro oyendo discos con unos cascos más grandes que mi propia cabeza, pensando en si alguien esperaba que me los comprara. Si no hubiera sido tan freak (observación: ya nadie usa freak, ahora se usa friki, usar freak es muy friki) hubiera escuchado “Once upon a Time” y hubiera comprobado que estaba defectuoso. Pero lo vi en mi casa y joder, ya era tarde.

Volví en cuanto abrieron, para enseñarles tímidamente que el disco no se oía y que quería otro. Otra copia de “Once upon a Time“, vaya, hubiera sido el día más absurdo de mi vida (otra observación: a lo largo de mi vida he sido propietario de tres copias distintas de “Once upon a Time“, aunque no puedo explicar esa reincidencia coherentemente). No quedaban más. Y el único disco del mismo precio que me llamaba la atención era “Black Celebration“. Creo que no os he dicho que era 1986, que yo tenía 15 años y un flequillo que se descolgaba por mi frente hasta los ojos.

No escuché “Black Celebration” en la tienda, y ni siquiera conocía ninguna canción. Pero la timidez patológica a veces rebota en las manos caprichosas de nuestro Señor como un dado para hacernos felices, y esta fue una de esas veces.

Black Celebration” era el mejor disco que mi yo de 15 años podía descubrir. Mucho mejor que “Once upon a Time“, aunque solo haya sido dueño de una copia -porque jamás me deshice de ella-. Es un disco gótico y tremendo con misas negras, moscas estrellándose contra parabrisas, separaciones dramáticas, íntimas conspiranoias paternales y crímenes que manchan el vestido de Lady Di. No podías comprar algo así por mil pesetas en cualquier parte.

Black Celebration” empieza con la canción que le da título (Depeche Mode nunca han titulado un disco a partir de una canción, salvo esta vez), y creedme si os digo que para mí siempre será LA CANCIÓN de Depeche Mode. Temblé como un flan cuando se la oí en directo hace cuatro años, porque hace más de veinte que es una ópera demoniaca comprimida en algo menos de cinco minutos, con crescendos, cambios de ritmo, una atmósfera agobiante y esa letra magnífica sobre celebrar akelarres íntimos cuando toda esperanza se ha perdido (signifique lo que signifique eso). Añadid ese sampler de un bebé llorando y dedicaos a otra cosa si no os eriza hasta el último pelo.

Fly on the Windscreen” le sigue con su letra llena de tragedias, corderos camino del matadero y la sensación de que todo puede terminar sin que logremos evitarlo, “A Question of Lust” y la confesión de miseria personal más cruda que hayas escuchado en tu vida (me refiero a una confesión voluntaria… hay miles de confesiones involuntarias de miseria en miles de discos, pero no daré nombres), una canción sobre el alcoholismo que hace que Martin Gore no solo sea un compositor enorme, sino un grandísimo y venerable genial hijo de puta… da igual que “A Question of Time” y “Stripped” sean monumentales sin necesidad de añadir nada… nadie ha encadenado tres canciones así en un disco que yo recuerde, sin apenas respiro entre una y otra. 

Black Celebration” tiene canciones prescindibles (unas cuantas, de hecho), pero Depeche Mode podrían haberlo dejado en blanco y seguiría siendo uno de mis cinco discos preferidos de la Historia. De la Historia del mundo, en general. Solo puedo objetar que “But not Tonight“, que se come crudas a unas cinco que sí decidieron incluir, no apareciera ahí. Porque “But not Tonight” sigue siendo casi perfecta, mientras yo me corté mi flequillo y fui lentamente perdiendo ilusiones hasta abrir un blog, que es el paso previo a la decadencia y a la oferta no reembolsable para vender el alma a un Satán que probablemente ya no la quiere.

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